No hay más que echar un vistazo a los miles de artículos que se publican a diario sobre algunos de los perfiles más demandados por las empresas, para encontrar, que entre estos, se encuentran los especialistas en marketing, en ventas, en publicidad, todo ello para gestionar clientes, para dar a conocer y vender nuestros productos y servicios o a nosotros mismos.
Dentro de un mercado cada vez más competitivo, donde la competencia es feroz, muchas veces al cliente se lo acaba llevando el que mejor ha sabido vender y publicitar su producto o servicio, en lugar de aquel que ofrece mejores productos o servicios o por lo menos aquellos que se ajustan mejor a las necesidades del cliente.
Pero todo esto, como podemos imaginar, origina tremendos problemas porque se ha pasado, en muy poco tiempo de elegir el producto que creemos mejor o más nos interesa a elegir el producto o el servicio que mejor nos venden, creyendo que es el que más nos interesa, porque es tal el bombardeo de información y tan variadas las formas de convencernos que podemos quedarnos con algo que, en realidad no necesitábamos o que no se ajusta realmente a nuestros requerimientos, por el simple hecho de que han sido hábiles o la imagen que han mostrado del mismo nos ha impactado.
Se valora más a las empresas y organismos por la imagen que proyectan al exterior, por los famosos que contratan para publicitarse, por la grandilocuencia de sus campañas de marketing o por sus macro sedes llenas de glamour, que por lo que realmente hacen, por los productos y servicios que ofrecen o por sus balances y su cuenta de resultados.
Pero lo peor de esto es que esta misma valoración superficial, y casi me atrevería a decir estéril, la hacemos sobre las personas. Nos fijamos en la apariencia que dan, en la pose que adoptan y ello tanto cuando vemos una apariencia bonita o glamurosa como la contraria, una imagen que nos provoca pena y nos genera un sentimiento de necesidad de revertir esa situación, o una imagen transgresora que automáticamente vinculamos con modernidad, y con esa valoración hay que conformarse.
No se ahonda en lo que hay debajo de todo ello para poder hacer una valoración que también será subjetiva pero más fundamentada, porque tal y como está construido y organizado todo, ni siquiera muchas veces podemos entrar en esa valoración más profunda.
Las personas más mayores no quieren perderse en esta gran bola de cosas que se ofrecen, no quieren complicarse más la vida. Por muchos descuentos que les ofrezcan por suscribir un producto determinado, por muchas ventajas que les digan que van a tener con un servicio, por mucha imagen que proyecten, muchas veces no quieren ni escuchar lo que les quieren decir. Y no es porque sean analógicos es porque la experiencia ya les ha dicho lo que de verdad importa.
Lo único que ya consideran que merece la pena en esos años finales de vida, es poder seguir haciendo aquellas pequeñas cosas que les hace sentirse bien y felices, como leer un libro, ir a cine y luego dar una vuelta con los amigos, ver un debate o una película en la televisión o en el cine, ir a bailar para aquellos más cañeros, o tomarse un café con leche y un croissant o un chocolate con churros en un sitio donde les traten bien y les saluden por su nombre.
Pensemos un poco sobre esto, al final, pero no es solo al final de nuestra vida, sino en nuestro día a día, lo que nos hace sentirnos bien a todos, a la generación Z, a los millennial, a los senior o a la gente de la tercera o cuarta edad, es decir, a nuestros hijos, a nosotros, a nuestros padres, a nuestros amigos, es esa cena con amigos, ese café o ese té con nuestras amigas en ese bonito café o en esa terraza, ir a esa exposición con nuestra familia y luego picar algo, ese paseo con nuestra madre o nuestro padre contándole lo que nos ha pasado, el trayecto al colegio con nuestros hijos donde, si tenemos suerte, nos cuentan que tal les va o como se lo pasaron el viernes en la fiesta a la que fueron, a la postre, lo sencillo.
Y es que toda la tecnología, toda la robotización, todas las redes sociales, todo el mundo virtual, todo el marketing y la publicidad, toda la venta de todo tipo de cosas …. no puede nunca ni podrá sustituir ni competir con el contacto humano, el poder tocar a alguien, el sentir el calor de su cuerpo o de sus manos, las risas, los llantos, el sentirse protegido en tu casa, en tu sillón favorito, o poder mirar a los ojos a tus hijos o a tus ancianos padres todo el tiempo que puedas.

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