Metidas ya de lleno en el verano -aunque hace algún tiempo que tratamos, con escaso éxito, la verdad, de que la mayor parte de nuestros días sean como un eterno verano-, hace unos días quedamos a comer varias amigas. Lo hacemos de vez en cuando y lo disfrutamos muchísimo, no solo la comida, sino el previo a la misma, la sobremesa y el camino de vuelta, cuando coincidimos en parte del recorrido.

A esta última comida de despedida antes de las vacaciones, se incorporó el amigo de una de mis amigas. Era la tercera vez que lo veíamos pero, como todas sabemos, con esa facilidad que tenemos las mujeres de encariñarnos de las personas con las que conectamos, y más si nos parece que tienen un punto filipino, le hemos acabado considerando también amigo nuestro. Ya se sabe los amigos de mis amigas son mis amigos

El citado señor ya está curtido en la batalla, tanto por edad como por experiencia vital. Como casi todos los encuentros que suelen producirse entre mujeres, y más si somos amigas, acaban convirtiéndose en un brain storming, porque tenemos tanto que contar, que compartir, que discrepar, que proponer…, que pasamos de un tema a otro, de una propuesta a otra, de una idea a otra, en una cadena sin fin, que podría dilatarse en el tiempo durante días, incluso semanas.  A duras penas, Mr… pudo meter baza en la conversación. Y  eso que nos interesaban mucho sus opiniones y lo que nos estaba contando.

Sin parar de hablar y mientras me sumergía a fondo en todo lo que estaba aconteciendo, con esa facilidad que tenemos las chicas de estar a varias cosas a la vez, pensaba lo bien que nos lo pasamos entre nosotras y lo poco que necesitamos, para pasarlo de maravilla. También me preguntaba qué estaría pensando Mr…, cuando casi no le dejábamos hablar. En un momento de la conversación, donde solo de vez en cuando lograba tomar la palabra sin que le interrumpiéramos, y a raíz de una idea que había surgido y que compartimos con él, nos habló de lo importantes que para él eran los amigos.

Eso me hizo reflexionar sobre una verdad que considero incuestionable. Y es que, pasada la adolescencia, aunque quizá hablemos menos de ello y en cambio sí mucho de la “rivalidad entre mujeres“, para nosotras, las amigas son verdaderos tesoros, especialmente en determinadas épocas de nuestra vida.

Una de las épocas clave es esta etapa de madurez, en la que es vital tener amigas sinceras y de corazón con las que poder compartir los anhelos, las alegrías, las decepciones, los pequeños fracasos…, lo bueno y lo malo de este nuevo y crucial momento, donde se producen tantos cambios en nuestra vida y en las vidas de aquellos que nos importan.

Me he dado cuenta de que, en este momento de la existencia, con tanto vivido pero todavía con tanto por vivir (confiamos), donde se produce, nuevamente, un verdadero cambio, donde se dan nuevas perspectivas en tus relaciones, en tus ideas, e incluso en tu forma de afrontar las cosas…, la relación con nuestras amigas se torna maravillosa.  Y aunque podamos discutir acaloradamente, nos enfademos, a veces nos molestemos, o nos resten, en algunos momentos, cierta energía,  porque, como con todo, hay que cuidarla y tratarla con amor y generosidad, nos aporta calma, tranquilidad, empatía y la perspectiva que da saber que aquello por lo que estás pasando y aquello que estás ahora sintiendo, de una u otra forma ellas también lo están pasando. Que no estás sola en esa maraña de nuevos sentimientos, sensaciones y experiencias.

El cardiólogo Valentín Fuster afirma que está comprobado que, en temas de salud, solo se consigue cambiar hacia una vida más sana donde evitemos factores de riesgo,  si se hace junto a otras personas. Yo también me atrevo a afirmar sin miedo a equivocarme que afrontar con cierto sosiego, tranquilidad y alegría este complicado período, solo se consigue si tienes al lado a tus amigas.

Y aunque nuestras amigas muchas veces  puedan literalmente sacarnos de quicio y agotarnos, porque alguna de sus cosas nos parece casi impensable o desquiciante, compartimos ideas, puntos de vista, experiencias, cariño, humor… y formas de ver la vida parecidas. Eso hace que todo este complejo proceso físico y psíquico, que se produce en esta que yo llamaría segunda gran transformación de nuestra vida, tenga otro sentido e incluso otra dimensión.