Ya escribí sobre esto cuando empezamos a oír y leer lo que estaba pasando en el norte de Italia a finales de febrero. Entonces, me impacto especialmente el testimonio de un hombre de mediana edad que contaba cómo había vivido la muerte de sus padres, que había ocurrido, como tantas y tantas desde entonces, en una angustiosa soledad.
En todos los sitios se habla del impacto que está teniendo y tendrá esta maldita enfermedad en los sanitarios que están en primera línea. En absoluto les quito merito; yo he sido de las que he salido a aplaudir con entusiasmo a las ocho de la tarde desde el comienzo del confinamiento hasta los últimos estertores cuando éste terminó. Sin embargo, hoy quiero rendir mi particular tributo a las personas mayores, pues considero que son las que más han sufrido y están sufriendo esta pandemia. No hace falta que argumente nada; al rango de edad de las cifras de muertos por Covid-19 me remito.
El estilo de vida actual ha hecho que muchos de nuestros mayores hayan vivido el confinamiento en soledad. Por supuesto que hablamos de mayores que ya antes vivían solos pero esta situación es nueva. Ahora se sienten amenazados, tienen miedo, están angustiados pero ¿quién no lo estaría? Todos o casi todos tienen familiares, amigos o conocidos que se han quedado por el camino. Además, basta con ver, escuchar o leer las noticias diarias de cualquier medio de comunicación para saber que ellos son el grupo vulnerable. Han sido especialmente angustiosas las noticias de ancianos que han muerto solos en sus casas por Covid-19. A muchos de ellos sólo los echaron en falta sus farmacéuticos porque no habían recogido su medicación para enfermos crónicos y fueron los bomberos los que los encontraron en sus camas días después de fallecer.
Tristeza interior
Según Mª Àngels Treserra, exdirectora general del Instituto Catalán de Asistencia y Servicios Sociales (ICASS) y reputada neuróloga, “las personas mayores han vivido situaciones complicadas, algunas incluso han vivido la postguerra, una época difícil y, por tanto, están más entrenadas. Pero hay que tener en cuenta que lo que vivimos ahora es una situación sin precedentes, completamente desconocida, con un alto nivel de incertidumbre y con muchas noticias negativas. Aunque son personas especialmente duras, ya no gozan de la misma energía. Es posible que aquellos que estén viviendo solos sientan mucha angustia, y eso les puede acarrear una tristeza interior que desemboque en una depresión”.
Enfrente de mi casa viven tres hermanas octogenarias adorables, con una estupenda condición física. Antes del confinamiento salían a diario de compras, a pasear, a reunirse con amigas,… pero la llegada del confinamiento las recluyó en casa. No solo por obligación sino porque tenían muchísimo miedo a contagiarse. “Este virus ataca a las personas mayores” nos decían. Así pues, desde el principio, mi hija mayor se ofreció a hacer los recados que necesitaran para que no tuvieran que salir de casa. Se instauró una rutina de forma que cada dos días mi hija llamaba a su puerta por la mañana, con mascarilla por supuesto, y esperaba retirada a que abrieran la puerta. La hermana más joven de las tres abría la puerta con recelo y le entregaba a mi hija una nota con todo lo que necesitaban. Así estuvimos hasta bastante después de levantarse el confinamiento; tenían tanto miedo que a pesar de que las cosas habían mejorado, no se atrevían a salir. Tuvimos que animarlas a que salieran a la calle; eso sí: con mascarilla, en espacios abiertos y a las horas reservadas a las personas mayores. Ahora ya salen a diario pero a mi hija le guardan gratitud eterna; le dieron emocionadas las gracias mil veces.
Sobre los mayores que viven en residencias sobran las palabras. Tengo una amiga que el otro día me contaba que tenía una tía en una residencia que llevaba cuatro meses aislada en su habitación. “Imagínate” me decía, “cuatro meses en una habitación de 4 x 4 metros sin salir para nada y sin recibir visitas. Quieren evitar contagios y solo se les ocurre tenerles encerrados en su cuarto”. ¿Y qué hace una persona tan mayor todo el día sola, y a solas con sus pensamientos y sus miedos, en una habitación?
Según la última investigación llevada a cabo por John Cacioppo, profesor de psicología en la Universidad de Chicago, la soledad, cuando es impuesta, puede aumentar hasta en un 14% el riesgo de muerte prematura. Además, la disminución de las relaciones sociales aumenta el riesgo de un rápido deterioro cognitivo y demencia. La Academia Americana de Psicología afirmó en el año 2017 que la soledad puede llegar a ser tan perjudicial como fumar 15 cigarrillos diarios.
A pesar de ser conscientes de su vulnerabilidad, todos los mayores prefieren morir ellos a que lo hagan sus hijos o sus nietos. Tienen claro que es preferible que este virus se ensañe con ellos, en lugar de hacerlo con personas más jóvenes. Tanta generosidad debería tener algún retorno ¿no creéis?

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