Nos pasamos media vida discutiendo con nuestras madres, para con el tiempo, darnos cuenta de lo mucho que nos acabamos pareciendo a ellas. Aseguramos, juramos y perjuramos que nunca haremos esta o la otra cosa como lo ha hecho nuestra madre, para acabar siendo conscientes de que lo hacemos muy parecido. Discutimos, casi a diario, y nos altera profundamente que nos sigan dando consejos y opiniones sin pedírselas, pero necesitamos saber que están ahí y su pérdida es irreparable cuando nos faltan.

He leído que, según la ciencia, la relación madre e hija es el vínculo más fuerte, el más poderoso de todos. Se ha llegado a esta conclusión a raíz de un estudio realizado para comprobar cómo se transmitían patologías dentro de la familia. Querían entender porque ciertos estados de ánimo y la depresión parecía que se pasaba entre los miembros de la familia, particularmente, entre madres e hijas.

Este estudio constató que la transmisión se producía, de forma particular, entre las madres y las hijas, lo que demostraba la fuerza e intensidad del vínculo entre ellas.

El estudio concluyó que madres e hijas tienen exactamente la misma anatomía en la parte del cerebro que rige las emociones, y aunque este parecido se encuentra también en las relaciones madre e hijo, padre e hija y padre e hijo, parece que esa transmisión es más fuerte entre madre e hija, lo que hace que muchas veces sintamos las mismas cosas e incluso se tengan las mismas patologías.

Y ¡madre mía! Como muchas madres sabemos, esa similitud hace que una pueda identificar las emociones de la otra y viceversa, haciendo que la relación entre nosotras no siempre sea fácil por esa cercanía emocional.

Las madres no tenemos ni que mirar los ojos de nuestras hijas, para de repente tener un pálpito, sentir lo que les está pasando… Y ese sentimiento, intuición, empatía emocional… nos hace casi mimetizarnos con ellas y sentirnos contentas cuando percibimos que son felices, que todo les fluye y está en su sitio, y tristes, casi deprimidas, cuando sentimos que algo no va bien o que alguien o algo les ha disgustado o herido.

Una amiga me comentaba hace poco que un día había presentido que a su hija le pasaba algo, ni siquiera había hablado con ella, pero sabía que algo no iba bien. Aunque esa mañana había salido de casa normal intuía que algo le había ocurrido. Cuando su hija llegó a casa le bastó una simple observación para darse cuenta de que estaba en lo cierto, Cuando le preguntó que le pasaba ella insistía que nada, que no le pasaba nada. Al cabo de unos días reconoció que había tenido un disgusto con un chico. Mi amiga le dijo: ¡Ves como sabía que te pasaba algo! Y la hija le respondió: – claro, si me ves los ojos llorosos. Pero en realidad no había sido así, cuando llegó simplemente constató lo que ya había presentido antes.

Es verdad que muchas veces intentamos ser lo contrario de nuestra madre y nuestras hijas ser lo contrario de nosotras y si una decimos blanco la otra dice negro y si a una nos parece bien algo a la otra le parece bien lo contrario, sobre todo a medida que nos hacemos mayores, pero dentro de la individualidad y de la manera de reaccionar o de hacer las cosas de cada una, es cierto que al final esos comportamientos y actitudes acaban confluyendo en un modus operandi semejante.

El problema viene de que, sobre todo a ciertas edades, no nos gusta nada que nuestra madre se meta en nuestras cosas y menos que nos de consejos o nos indique el camino o la forma de actuar, pero la realidad, es que con el tiempo nos arrepentimos mucho de no haber contado más con ella o, no haber seguido sus consejos. Seguramente su opinión nos hubiera ayudado incluso mejor que el de esas amigas cuyos consejos seguimos a rajatabla sobre todo a ciertas edades.

Como al final casi todas acabamos llegando a esta conclusión, pero en su momento no se puede adelantar, hagamos mientras tanto lo que siempre nos ha gustado ver en nuestra madre, que es una persona fuerte y resilente, que se valora y se levanta cuando sufre adversidades. Y digámosles lo que necesitan oír, que es: lo increíbles y poderosas que son.

No pasa nada por decir todos los días a nuestras hijas lo fantásticas, maravillosas, guapas, generosas e inteligentes… que son. Es positivo insistirles en que pueden conseguir lo que se propongan, siempre que luchen y se esfuercen por ello. Tenemos que decirles que nadie puede ningunearlas, machacarlas ni amargarlas, sino hacerlas felices y plenas, tal como ellas deben hacer con los demás.  Que no consientan que las cosifiquen ni acepten un trato desigual. Tenemos que decirles  que siempre nos tendrán a su lado y que, aunque a veces no nos aguanten ni las aguantemos, nadie como una madre para saber e intuir en cada momento, estemos cerca o lejos, todo o casi todo lo que pasa por su cabeza y su corazón.