La frase que da título a esta entrada no tendría ninguna gracia si no fuera porque quien la dice, con cierta frecuencia además, es M.M.G., a quien llamaremos María, que tiene 94 espléndidos y lúcidos años. María tiene una cabeza y una agilidad que para sí quisieran muchas de setenta. ¿Cuál es el secreto para llegar a esa edad tan estupenda? Además de una férrea disciplina en la alimentación y en los horarios de comida y sueño, una actitud muy positiva ante la vida. María se levanta todas las mañanas a las 8 en punto. Desayuna, se ducha, se viste, se peina y se pinta. A las 10 de la mañana está arreglada como para ir a una boda, aunque se quede todo el día en casa. Y es que “nunca se sabe qué puede surgir”, afirma.

¿Dónde empieza tu historia, María?

Nací en un pueblo de Asturias en el año 1924. Era la pequeña de una familia de 9 hijos. No éramos ricos pero no nos faltaba de nada. Por supuesto que no teníamos ni la décima parte de lo que  la gente tiene ahora, pero entonces nadie tenía tanto. Mi padre se dedicaba a sus negocios. Antes de casarse era un hombre con dinero, a quien le gustaba vivir muy bien. Pero claro, luego con tantos hijos… Todos los años se iba a cazar un mes a León y lo siguió haciendo después de casarse. De hecho, cuando iba a nacer el sexto hijo, mi madre le dijo que no se fuera, que se iba a poner de parto estando él por allá. Y él le respondió “que esperara ella a que él volviera”.

¿Cómo recuerdas tu infancia?

Como a mis hermanas mayores, mis padres me mandaron a un colegio de monjas francesas. Pero, cuando tras la proclamación de la Segunda República, las monjas se tuvieron que ir,  me llevaron a la escuela pública. Al poco tiempo, retiraron los crucifijos de las aulas y, como mis padres eran muy religiosos, decidieron sacarme del colegio.

Todos mis hermanos estudiaron pero yo, que era la pequeña y encima mujer, fui muy poco a la escuela. A veces mis hermanos mayores me daban clase, pero nada, muy poca cosa. Es de las cosas que más me pesan, no haber estudiado más. Luego lo he compensado leyendo muchísimo, que es una de mis mayores aficiones.

Cuando tenía 12 años estalló la guerra y me mandaron a vivir con una de mis hermanas y su marido a un pueblo de la cuenca minera. Como eran maestros y además muy queridos, les regalaban de todo: huevos, patatas, castañas… Así que al menos teníamos para comer y no pasar hambre. Mientras ellos trabajaban, yo me ocupaba de mi sobrino, que era muy pequeño.

Cuando terminó la guerra, volví a mi casa y estuve durante un par de años “pintando a cana verde”. Como no me gustaba limpiar, iba a una librería que había frente a mi casa, en la que, además de libros, vendían un poco de todo.  Ayudaba, pero sin cobrar, claro. Me encantaba atender a los clientes y enredar.

¿Tenías alguna idea sobre tu futuro?

A los dieciocho años me surgió la oportunidad de ir a vivir a Madrid, a casa de mi hermana mayor, que estaba casada y sin hijos. Mi hermano pequeño iba a estudiar medicina en Madrid y alguna de las hermanas tenía que acompañarle, para ayudarlo. Iba a venir otra de mis hermanas, que aún estaba soltera. Pero, como tenía novio, me lo ofrecieron a mí. Y fue lo mejor que hice en mi vida.

Al llegar, mi hermana mayor, que era medio hermana medio madre, me dijo que no podía estar sin hacer nada, que tenía que estudiar o trabajar. Entonces le dije que quería ser peluquera. Me apunté en una academia y me hice peluquera. Me encantaba. Era lo que siempre había querido. Si volviera a nacer, volvería a ser peluquera.

Yo no quería casarme. Bueno, lo que no quería realmente era tener hijos. Me horrorizaba la idea, después de ver a mi madre con tantos hijos…

¿Llegaste a ejercer tu profesión?

Pues verás, tras unos meses de preparación, la propia academia me buscó trabajo en una peluquería de barrio. Y al poco tiempo me surgió la oportunidad de trabajar en la peluquería de un fantástico hotel de la Gran Vía: el hotel Avenida. Los trabajadores éramos como una familia. Allí pasé los mejores años de mi vida. Tal es así, que muchas mañanas le decía a mi hermana, con quien seguía viviendo: “¿Quién dice que no existe la felicidad completa? Que vengan a verme; yo la tengo”.

Ganaba mucho dinero porque, además de tener muchas clientas, a las turistas que venían al hotel les vendía de todo: peinetas, mantones, perfumes… Además, como yo era muy joven y guapa, muchas clientas me pedían las cremas que yo usaba. Tenía un acuerdo con una perfumería cercana al hotel y les vendía muchos productos, de los que me sacaba una comisión estupenda. Tenía mi cartilla de ahorro con bastante dinero porque, aunque las mujeres casadas no podían tener una cuenta de ahorro a su nombre, como yo era soltera, no tenía ese problema.

¿Y qué pasó después?

Era tan feliz que siempre estaba de buen humor, cantando y riendo. Un día el director del hotel me dijo  que un cliente habitual se había quejado de lo ruidosa que era. Al cabo de unos días, fui a pedir algo a la peluquería de caballeros y el peluquero me informó que allí estaba cortándose el pelo el cliente que se había quejado de mí. Ni corta ni perezosa fui hacia él y le dije que estaba sorprendida, porque imaginaba que las quejas provendrían de un viejo cascarrabias y no de un señor tan joven y guapo. Le hice tanta gracia, que a los pocos días me buscó para invitarme a salir.

Era bastante mayor que yo, casi veinticinco años, pero tenía una facha estupenda. Era gallego, un cliente habitual que pasaba largas temporadas en Madrid hospedado en el hotel. Cuando me invitó a salir, me quedé de piedra. El director del hotel, que me conocía bien y me quería mucho, se enteró y fue a hablar con él, para decirle que yo era muy seria. Que si quería algo conmigo, tenía que ir con los papeles por delante.

Y empezamos a salir. Él, que vivía de sus rentas y tenía mucho dinero, me llevaba a los mejores sitios de Madrid: al Ritz, al Palace, a bailar a Pasapoga… Yo estaba viviendo un cuento de hadas.  Así estuvimos dos años, hasta que me pidió que nos casáramos. Y yo, que no pensaba casarme, no pude decir que no, porque me casaba con un príncipe azul.

Así que dejaste de trabajar…

Ya no me hacía falta. Dejé de trabajar pocos meses antes de la boda y, durante un mes, acudí a una escuela hogar que tenían las monjas dominicas en la calle Serrano. Como nunca me habían gustado las labores domésticas, fui a aprender a llevar una casa: coser, cocinar, planchar… Y eso que siempre he tenido ayuda y nunca tuve que ocuparme de esas labores.

Mi futuro marido insinuó que tras la boda viviríamos en Galicia y yo le dije que ni hablar, que quería seguir viviendo en Madrid. Para que yo no tuviera dudas y no pusiera inconvenientes, como regalo de pedida me regaló la entrada de un estupendo piso que estaban construyendo en la plaza de Felipe II. Él pensaba venderlo más adelante, cuando estuviéramos ya instalados en Galicia, pero en mi primera Semana Santa casada me escapé a Madrid y amueblé la casa a toda prisa, para que no pudiera venderse sin más. Toda la vida vivimos en Madrid, pero pasábamos  los meses de verano en Galicia.

¿Cómo fue tu vida de casada?

Nos casamos en junio de 1952 en una ceremonia a la que no acudió mi suegra, que tenía 88 años y vivía en Galicia. Tras la boda estuvimos un mes de viaje de novios por todo el norte de España. Al llegar a la casa de mi marido en Galicia, conocí a mi suegra. Lo primero que me dijo fue “que no había ido a nuestra boda porque no le había dado la gana”. Y a partir de ahí, me hizo la vida imposible durante los 18 años que vivió con nosotros. Murió a los 106 años. Si no hubiera sido por ella, habríamos sido muy felices.

Nunca tuve hijos pero tampoco los eché de menos. Fíjate, qué curioso: no quería tener hijos y no los tuve.

¿Siempre vivisteis de las rentas?

Podríamos decir que sí. Mi marido y su hermano eran ricos por herencia y tenían negocios en común. El hermano, que era el negociante de los dos, había construido dos edificios de pisos en el barrio de Salamanca, en Madrid. Cuando disolvieron la sociedad, mi marido se quedó con uno de los edificios, que nos proporcionaba unas rentas mensuales estupendas. Sin embargo, a mi cuñado le salieron mal varias operaciones y empezó a pedir dinero a su hermano. Mi marido, que era incapaz de negarle nada, tuvo que vender el edificio para darle dinero. Con lo que nos sobró, invertimos en pisos en construcción que posteriormente, cuando estaban acabados, vendíamos o alquilábamos.

Yo era la que se encargaba de terminar los pisos, arreglarlos, ponerlos a la venta o alquiler, enseñarlos, cobrar el alquiler…  Me ocupaba de todo. ¡Nunca trabajé tanto en mi vida!   Me movía en un mundo de hombres, pero siempre me hice respetar.

Al final luchar con los inquilinos se me hizo agotador y acabé vendiendo todos los pisos. El último lo vendí cuando ya me había quedado viuda, con 65 años. Entonces me dediqué a viajar.

¿Por qué tan tarde?

Cuando vivía mi suegra no podíamos ir a ningún sitio, porque era muy mayor y mi marido no quería dejarla. Al morir mi suegra, mi marido ya era mayor. Así que, cuando me quedé viuda, comencé a viajar por todo el mundo. Nunca decía que no a una propuesta de viaje. Fui a Francia, Italia, Alemania, Austria, Checoslovaquia, Hungría, Grecia, Rusia… A Cuba fui con 86 años. Mi último viaje fue a Nápoles y Sicilia, cuando ya había cumplido 87. Y todos los otoños iba 15 días a Canarias.

En la primavera de 2012, con 88 años, tuve una embolia pulmonar muy grave, que me cambió la vida. Estuve muy delicada durante mucho tiempo. Me pusieron un régimen estricto de comidas, sin nada de sal. Me prohibieron las cañas y los vinos… Así que se me acabaron los viajes y las salidas que tanto me gustaban.

Pues sigues estando estupendísima…

Gracias. Pero no es lo mismo… Y eso que ayer fui andando desde Felipe II hasta la Puerta del Sol (tres kilómetros). Y en la playa de Galicia, a donde sigo yendo todos los veranos, me doy baños de veinte minutos todos los días.

¿Qué cambiarías de lo que has vivido?

Nada… Bueno (duda), si hubiera conocido a mi suegra antes de la boda, quizá no me hubiera casado (risas).

¿Consideras que ser mujer te ha beneficiado o perjudicado?

Ni una cosa ni otra, al menos conscientemente.  Recuerdo que mi hermana mayor, cuando tenía que ir a algún sitio a solicitar algo, siempre me pedía que fuera con ella porque decía que le hacían más caso.

Según tu experiencia, en la pareja ¿quién pone más, el hombre o la mujer?

En mi caso, claramente yo. Pero no solamente en la relación de pareja; en general, en todo. Mi marido era más parado. Yo era la que le animaba para que hiciera esto o aquello. Para él todo estaba bien como estaba.

 ¿Crees que el papel de la mujer ha cambiado?

Bueno, es que antes ni nos preocupaba el rol de la mujer, al menos era lo que yo vivía.  Eras mujer, con todo lo que eso suponía, y punto.

¿Qué esperas del futuro?

Nada. La vida cambió mucho para mí después de la enfermedad. Ahora ya nada es como antes; me canso más, estoy más tiempo en casa, paso mucho tiempo sola… La mayoría de mis seres queridos ya no están y la gente joven no quiere estar con personas mayores. Y yo lo entiendo. Solo espero que el final sea breve y no dar la lata a nadie. 

¿Qué consejo les darías a las mujeres que están en los cincuenta?

Que aprovechen cada día, uno a uno. Que disfruten de la vida, que es lo más bonito que hay, y no se enfaden ni sufran por tonterías. Y que viajen todo que puedan; ¡viajar es maravilloso!