María Gutiérrez-Cueto Blanchard nació en Santander en 1881. Su familia, muy implicada en la vida de la ciudad, pertenecía a la burguesía ilustrada. Fundaron los periódicos La Abeja Montañesa y El Atlántico, y dirigieron varias obras públicas como ingenieros.
Durante el embarazo, su madre tuvo una grave caída al bajarse de un coche de caballos. María nació con cifoscoliosis, doble desviación de columna. Esta alteración fisiólogica, era coja y jorobada, marcaría su carácter y empañaría su corazón de sufrimiento. María «tan amante de la belleza, sufría por su deformidad hasta un grado impresionante». El escritor Ramón Gómez de la Serna la describió: «Menudita, de pelo castaño despeinado (…), con una mirada de niña con triste alegría».
Inquieta, sensible, generosa, y con gran talento para el dibujo y el color, a los 22 años se traslada a Madrid para estudiar con el pintor Emilio Sala, quien influyó en sus primeras obras. Un año después, muere su padre. Su madre y sus tres hermanas se reúnen con ella.
Sigue estudiando con Fernando Álvarez de Sotomayor y más tarde con Manuel Benedito, y participa en las exposiciones de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Con una de sus obras, Los primeros pasos, consigue la tercera medalla de pintura.
En el París de los artistas
Becada por la diputación y el ayuntamiento de Santander, va a París. Tiene 28 años. Reside primero en un colegio de chicas y después se independiza, mientras estudia con el pintor español Hermenegildo Anglada Camarasa. Poco a poco va dejando el estilo academicista, para abrirse a las vanguardias.
En el taller conoce a la pintora rusa Angelina Beloff, quien va a convertirse en una de sus amigas más leales. Juntas viajan a Londres y Bélgica. A su regreso, compartirán piso y estudio con Diego Rivera, futuro muralista mexicano .
Estudió después con la pintora María Vassilief, también rusa, quien la introdujo en el cubismo. Entusiasmada, empieza a pintar en ese nuevo estilo.
Cubista
Se acaba la beca. Ya en España, con la obra Ninfas encadenando a Sileno consigue la segunda medalla de la exposición nacional de Bellas Artes.
Tras pasar una temporada en Granada, decide solicitar una nueva beca a la Diputación y al Ayuntamiento de Santander, recomendada esta vez por Enrique Menéndez Pelayo.
Cuando se la conceden, se instala de nuevo con Diego Rivera y Angelina Beloff. Empieza a frecuentar los ambientes de la vanguardia cubista. Conoce a Picabia, Picasso… y se relacionada especialmente con el pintor cubista madrileño Juan Gris y con Jacques Lipchitz.
Al estallar la Primera Guerra Mundial, regresa a Madrid. Comparte el estudio de casa de su madre con algunos de los pintores que había conocido en Francia. Asiste a la tertulia de Ramón Gómez de la Serna en el café Pombo y participa junto a Diego Rivera y otros artistas en la exposición Pintores íntegros, organizada por Gómez de la Serna. Pero en ese momento el cubismo no fue comprendido en España, ni por la crítica ni sobre todo por el público. Fracasó.
Logra una plaza como profesora de Dibujo en Salamanca, pero tampoco ahí su estilo fue entendido. Decepcionada, renuncia al puesto y decide trasladarse definitivamente a París, donde vive de forma precaria en estudios casi abandonados.
Reconocimientos
Poco a poco empieza a exponer con galeristas importantes. En sus nuevas obras se empieza a acercar a la figuración, con un tono profundamente emotivo.
Junto a otros cubistas, expone en el Salón de los Independientes de París: Nature morte, Nature morte y L’Enfant au berceau. Posteriormente participa en Bruselas en la exposición colectiva Cubismo y Neocubismo, donde contacta con el grupo de marchantes que, a partir de entonces, gestionará su producción. En 1921 se presenta de nuevo en el Salón de los Independientes. Una de las obras, La Comulgante, consigue un gran éxito de crítica, al que seguirán otros muchos.
La muerte de Juan Gris, uno de sus mejores amigos pero con quien tuvo una relación artística compleja, la sume en una grave depresión. Por otra parte, Diego Rivera regresa definitivamente a México y Angelina Beloff también vive momentos duros. Su crisis personal acerca más a María a la espiritualidad. Tiene 46 años. En esa etapa de intimismo religioso y acercamiento a Dios, valora si entrar en un convento. Al final no lo hace. Sigue pintando incansablemente.
El escultor Germán Cueto, primo suyo, se instala en París, junto a su esposa e hijas. María se vuelca emocionalmente en las niñas, a las que pinta varios retratos.
Tuberculosis
Empieza a sentirse enferma. Pinta mucho, apenas se cuida y sigue siendo muy generosa con quienes le piden ayuda. «Llevó durante años un vestido horrible de enormes cuadros amarillos y verdes del que no logramos que se deshiciera, ni con las artimañas más sutiles ni con los ataques más directos… Cuando intentábamos insinuar que el negro era lo que mejor le sentaba, contestaba con una sonrisa suplicante y zalamera de niña a la que quisieran quitar un caramelo: “¡Me gusta tanto arreglarme!“».
Para acompañarla, una de sus hermanas se traslada a París con su familia. Las otras dos pasan largas temporadas en su casa. Aunque aprecia enormemente el cariño familiar, también la sobrecargan y le suponen un esfuerzo económico, para lo que ya no tiene salud suficiente.
A la vez, los reconocimientos se siguen sucediendo. Es seleccionada para participar en la muestra de arte francés de Brasil, y para la exposición de Pintores Montañeses del Ateneo de Santander. Otra de sus pinturas más espirituales, San Tarcisio, le genera excelentes críticas. El poeta Paul Claudel le dedicará en 1931 una poesía.
María está agotada física y psíquicamente. “Si vivo, voy a pintar muchas flores“, fueron sus últimas palabras. Tenía tuberculosis, cifoscoliosis y 51 años.
Su entierro, en 1932, fue muy sencillo. Además de su familia y algunos pintores, la acompañó un gran número de indigentes, a los que había ayudado.
De ella dijo la prensa francesa: “La artista española ha muerto anoche, después de una dolorosa enfermedad. Ocupaba un sitio preponderante en el arte contemporáneo. Su arte poderoso, hecho de misticismo y de un amor apasionado por la pintura, quedará como el de uno de los más auténticos de nuestra época. Su vida de enferma contribuyó a agudizar una de las más bellas inteligencias de este tiempo“.
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