Llevaba un tiempo dándole vueltas y reflexionando sobre el Gran Teatro de este Mundo en que vivimos, donde muchas veces no sabemos si las cosas nos las están diciendo en serio o si están representando una comedia, un drama o un melodrama, cuando me pilló, por sorpresa, la noticia de la muerte de la que fue una ministra muy representativa y admirada del Gobierno de Felipe González, Carmen Alborch, ministra de cultura.
Los que recordamos esa época casi como si fuera ayer, sabemos que era una mujer que no pasaba desapercibida. La recordamos como una persona original, casi sui géneris, educada, culta, profundamente amable, luchadora, feminista y, sobre todo, real, ya no porque fuera de carne y hueso como todos los humanos, sino porque era tal cual se mostraba. Su excentricidad era real, sus ideas reales, su sonrisa real, sus convicciones reales, gustara a unos y dejara de gustar a otros…; real, algo de lo que se carece mucho hoy en día.
Cuanto más me meto en el uso de las distintas herramientas que nos proporciona tanto el mundo digital, las redes sociales, como el mundo que podríamos llamar analógico, que es el de siempre, pero adaptado a la dinámica actual, como puede ser radio y televisión, más me repatea ver cómo va in crescendo, como dirían los italianos, la sobre exposición y sobre todo la sobre actuación que, desde mi punto de vista, es una gran tomadura de pelo.
Si analizamos el significado tanto de actuación como de sobreactuación nos encontramos con que el buen actor actúa porque se mete con naturalidad en el papel y nos lo creemos y en cambio el mal actor es el que realiza el papel de manera artificial, exagerada, artificiosa, y no nos lo creemos, aunque el pretenda que si lo hagamos, y todo esto es fantástico si nos moviéramos en el mundo del cine, del teatro, pero el problema surge cuando sin ser actores o actrices nos comportamos como si lo fuéramos, llegando a tal punto que hacemos desaparecer lo que somos para dejar salir al personaje que, muchas veces, es casi dantesco.
Asumo que vivimos en la era de las imágenes, de lo visual, en la era en la que nuestro pensamiento tiene tanto o más valor en tanto y cuanto lo podemos resumir en unos pocos caracteres, que a la postre es una forma de no decir nada, aunque sea la vía por la que ahora se opta para anunciar cosas importantes que afectan a muchos e incluso dar aclaraciones que al final se quedan cojas y vacías de contenido. Se hace un uso tan abusivo de estas herramientas y del papel que representamos en ellas, que las convertimos en una especie de chucky diabólico.
Seamos el presidente del gobierno o el último miliki de la tierra, todos acabamos buscando que los demás nos pongan en la picota, convertirnos en referencia de lo listos y muchas veces, la verdad, de lo tontos que somos, esto es, “que hablen de nosotros aunque sea para mal”, a veces actuando y otras veces sobreactuando, ya sea vía mitin, charla o tuit, con esa manera de comportarnos tan afectada y exagerada por exceso o por defecto.
Todos nos afanamos con poner el tuit más ingenioso o parecer el líder más carismático, en hacer aquello que nos encumbre en el olimpo de los dioses. Nos llenamos de buenismo o de malismo porque lo que se quiere es epatar, no pasar desapercibidos. El resto viene detrás.
De un tiempo a esta parte, casi podríamos afirmar que casi todos nos queremos convertir en actores, en locutores, en creadores de tendencias… Ya casi no hace falta ir a formarte a ningún sitio para actuar, para ser un intérprete, porque ya el mundo en el que nos movemos es un teatro, el gran teatro del mundo, como reza la famosa obra de Calderón de la Barca, famosa para los que estudiamos EGB Y BUP.
Nos acaban pareciendo casposos, rancios, tristes, obsoletos, antiguos old fashion, aquellos que se muestran tal como son, sin actuación ni sobreactuación, aquellos que no representan ningún papel.
Lo siento, y seguramente voy a acabar pareciendo casposa o antigua, pero donde esté una argumentación lógica de algo, donde estén las explicaciones realizadas con todo lujo de detalle y cara a cara, donde esté la observación personal de las cosas y la valoración de las personas en su trayectoria y en su obra, que se quite lo demás.
Donde estemos tal como somos, donde nos mostremos con nuestros gustos y manías, con lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo, donde alguien pueda ver en nosotros lo que somos realmente es donde, por lo menos para mí, adquiere valor y consistencia todo. Y donde el ser humano adquiere todo su sentido.
No por mucho hacer de nuestra vida un teatro, ni por lanzar un tuit que solo significa que tal vez has tenido una idea ingeniosa…; donde estén el hombre y la mujer como tales, mejorando y evolucionando en el día a día, pero como son; donde esté la persona en su esencia, no el personaje; donde esté la realidad… que se quite todo. No quiero vivir en un carnaval o en una representación. Quiero que desaparezcan los buenos y malos actores, que no lo son de profesión ni talento.
Me quedo con lo natural, con lo no fingido, con aquellos que, como Carmen Alborch, se muestran como lo que son. Quiero que los demás, viendo como realmente soy, decidan si me siguen o me olvidan, si me quieren o me odian, si me admiran o si para ellos paso desapercibida. Quiero vivir de realidades y eso, nuevamente, es algo que se pueden permitir muy pocas personas.

Deja un comentario