Toda nuestra vida está sujeta a cambios y transformaciones, desde el instante de nacer. Cuando somos jóvenes, esos cambios nos parecen muy lejanos. Pero, a medida que vamos cumpliendo años, nos damos cuenta de que el tiempo pasa más rápido de lo que creemos. De repente, nos vemos inmersos en ellos, como si todo lo anterior hubiera pasado como un suspiro y eso que tan lejano veíamos lo tenemos encima. Y como con todo, tenemos que asumirlo y lidiar con ello de la mejor manera posible.
En un artículo sobre la crisis de la mediana edad, el periodista aseguraba que suele afectar y se asocia más con el hombre. Sin embargo, yo siempre he pensado que las mujeres la sufren con mayor virulencia, por todos los cambios hormonales que sufrimos y por cómo afectan a nuestro cuerpo y a nuestros estados de ánimo. Aun así, tenemos que verlo como algo pasajero, porque, como cualquier cualquier transformación, acaba pasando.
Cuando se acercan a la cincuentena, algunos hombres empiezan a sentir lo mismo que nosotras: la juventud se va perdiendo, pero en general lo afrontamos de forma diferente. Ellos suelen resistirse más a esa pérdida; algunos se lanzan a una especie de vuelta a sus orígenes, a la juventud perdida. Inconscientemente piensan que buscándose parejas más jóvenes podrán recuperarla. Seamos realistas: no recuperan nada. Es más, tienen que tener cierto cuidado porque alguno en ese énfasis de querer volver a los treinta años, sin tenerlos, les hace lanzarse a una vorágine tan poco acorde con su edad, que literalmente, además de un ridículo vital, pueden morir en el intento.
Nosotras, incluso con esos cambios hormonales tan profundos que nos dejan trastocadas y agotadas, somos, en general, más realistas. Lo consideramos como lo que es: otra nueva etapa. E intentamos pasar por ella con la mayor naturalidad posible. De cara a la galería podría parecer que no sufrimos sus avatares. Sin embargo, sí que los padecemos y de forma profunda: en el ánimo, la autoestima y el cuerpo. Pero como con tantas y tantas cosas, ya curtidas en la idea cierta de que nada permanece y todo pasa, intentamos abordarlo desde el optimismo.
La menopausia es una etapa complicada. La palabra procede del griego ‘mens‘, que significa mensualmente, y ‘pausi‘, cese. Un parón en toda regla e indefinido. Pero durante este “tránsito”, nos alivia y mucho hablar de ello con nuestras amigas, que normalmente se encuentran en una situación parecida a la nuestra; incluso hacer las típicas preguntas que hacemos a nuestros maridos o parejas que nos escuchan paciente o estoicamente a veces sin hacernos mucho caso, pero tratando de ser lo más empáticos posible, esperando escuchar una única respuesta que se resume en sigues estando estupenda. Lo que preguntamos…: ¿Tú crees que estoy engordando mucho?, ¿sigo pareciendo joven?, ¿estas bolsas que me han aparecido debajo de los ojos me hacen mayor?, ¿se me nota mucho que tengo el doble de cintura que hace unos años?…
Muchos ha comparado esos cambios, en los que las hormonas se empiezan a batir en retirada, con una montaña rusa en la que estamos montadas sin cinturón.
Este proceso es solo un tránsito; algo también pasajero. En cuanto las hormonas se vuelven a aposentar, volvemos a florecer con una cierta nostalgia hacia la juventud perdida. Como escribió Rubén Darío la juventud es un divino tesoro. Sin embargo, esa nueva etapa nos aporta otras cosas muy interesantes: Estamos más seguras de lo que queremos y de aquello que no. Si tenemos que cantar las 40 o decir 4 cosas, por fin sabemos decirlas. Nos vuelven a interesar miles de cosas… En mi caso, tantas que mi marido y mis hijos cuando sale cualquier tema nuevo en la televisión, en una revista o en un periódico me imitan diciendo lo que yo les suelo decir … Mamá ¿no te gustaría ser diplomática, piloto, actriz, pintora, bailarina, …? Pues sí, me gustan muchas cosas, tantas que me resulta difícil focalizarme, que es algo que nos metieron a macha martillo en nuestra época final laboral.
Aunque a algunas de nosotras, como a los hombres, a estas edades nos gustan también los hombres más jóvenes, con carnes trémulas y cuerpos escultóricos, los observamos sin voracidad… como si se tratara de un cuadro o una escultura. Te deleitas mientras lo observas, pero… nada o poco más.
Muchos artículos hablan de que a esta edad la mujer empieza a pensar más en ella, a priorizarse y a dedicarse más tiempo. Pero nuestra experiencia nos dice que eso es relativo. Muchas seguimos teniendo numerosos gastos, obligaciones familiares y algunas incluso dificultades de empleo. En muchos casos, nuestros hijos siguen viviendo en casa, aunque sean mayores y vivan casi con la misma independencia que si residieran en su propio piso, pero con nosotras, sus madres, pendientes de lo que necesitan, de sus gustos y manías. Aunque a veces echemos pestes de ello, reneguemos con nuestras amigas y pensemos ¡Dios mío cuándo se va a independizar!, muy en el fondo nos sentimos felices de tenerlos cerca.
Nosotras mantenemos la juventud, incluso con esos fuertes cambios hormonales y coincidiendo a veces con los cambios en el otro sentido de alguno de nuestros hijos. Estamos con ellos, aunque la mayor parte de las veces no nos hagan ni caso. Compartimos esos momentos con nuestra pareja, amigas y hermanas. Ayudamos y gestionamos la vejez de nuestros padres, si seguimos teniendo la suerte de tenerlos. Y aunque esto nos quite tiempo y energía, y nos suponga un gran esfuerzo y grandes discusiones, todo ello nos mantiene jóvenes y en forma; con vida. Aunque intentemos “conservarla” con ejercicio físico y alimentación, la juventud es sobre todo un estado y una actitud mental. Y mentalmente nosotras siempre estamos generosamente preparadas para lo que venga: abiertas, ilusionadas y expectantes, aunque lamentablemente muchas empresas y muchas personas no quieran ni les interese verlo.

Deja un comentario