Probablemente habréis vivido alguna ocasión en que, al entrar en una tienda o supermercado, o al comer o cenar en un restaurante, os hayáis encontrado con que la persona que os atiende os trata con cierta altanería y casi exasperación. O que está más pendiente de ella misma que del cliente.  O que no os hace caso. O que se muestra displicente, presuntuosa y altiva, en lugar de amable y servicial, como esperamos.

 

Las tiendas y marcas saben que las personas que atienden tienen que ser extremadamente amables y serviciales con el cliente. Ese es uno de los factores que más nos fideliza, cuando requerimos de cualquier servicio o cuando vamos a comprar. Bastante tenemos que bregar y aguantar en nuestro día a día, como para pagar por un servicio, donde nos sentimos tratados mal o regular. A la vez, todos tenemos que tratar al que nos está atendiendo con el mismo respeto, paciencia y amabilidad, que esperamos recibir. Evidentemente.

 

Aunque todos deberíamos aplicar esta máxima, desafortunadamente no siempre ocurre así. Incluso diría que, como tantas veces en esta vida, se abusa un poco de las personas que a priori pueden parecernos más débiles, blandos o con menor capacidad para responder o quejarse; por ejemplo, las personas mayores o los muy jóvenes.

 

En este mundo tan virtual y con objetivos marketinianos, a menudo los conceptos se tergiversan y, con un afán de postureo, nos creemos que vamos a vender más y mejor poniendo a una chica o chico con un físico estupendo y el glamour del guaperas,  pero sin idea del trabajo que va a desarrollar, en lugar de a un profesional como Dios manda. Oh mon Dieu!, la imagen es importante, desde luego, pero la profesionalidad y el buen hacer es lo principal.

 

Que no nos veamos en la ocasión de tener que mordernos la lengua para no utilizar aquella famosa frase de Torrente: “pss pss, chinita, chinita ven aquí ¿Qué mier… es esta?”