¡Madre mía son las 10 de la noche y estoy muerta! He llegado a mi habitación casi arrastrándome. No he parado en todo el puñetero día. Saco mucho a colación a mi madre, porque qué razón suele tener, aunque me cueste tanto dársela. Me parezco cada vez más a ella. Dice ¡hay miles de cosas que hacer! Las personas que no hacen nada no es que no tengan nada que hacer, sino que no quieren hacerlas. Dejan las cosas para otro día, porque son ¡unas vagas! Ahora llamado procastinación. ¡Que si no ponemos palabras impactantes, no estamos contentos!.
Estoy físicamente agotada, pero mi mente, como casi siempre, está en el futuro. En una de sus conferencias, el neurólogo Facundo Manes insistió en que hay que estar en el presente y no tanto en lo que ocurrió en el pasado ni en lo que pueda deparar el futuro. Ahí sí que mis padres han cambiado de perspectiva con la edad. Cuando me pongo a hablar sobre las medidas que se deberían tomar en algo que todavía no ha sucedido, como contratar a una persona que les ayude más horas, la forma de solucionar su vida en el caso de que falte uno, qué tipo de persona será la idónea para cuidarlos…, siempre me responden “Deja las cosas en paz. Cuando llegue el momento ya se verá. Quién sabe lo que puede ocurrir mañana“.
Excluyo de esta disertación a las personas mayores, porque, evidentemente, cuando ya se tienen muchos años el vivir el momento, el día a día, y de la mejor manera posible, es el objetivo ya en sí mismo. Antes de que llegue ese momento ya han dejado arregladas las cosas importantes. Son conscientes de que el mañana y el final puede llegar en cualquier momento.
Estoy convencida, aunque no está basado en ningún sesudo estudio, sino en la simple observación, que las personas que dicen actuar con imprevisión o por impulso, una de dos: o no están diciendo la verdad, o lo hacen porque en el fondo saben que hay gente a su alrededor que les echará una mano y les solucionará las cosas, si fuera necesario. Este segundo caso es el que de los reales imprevisores, de los que viven el día a día sin pensar en el mañana. Muchas veces se convierten en verdaderas cargas para los que están a su alrededor. Vivir exclusivamente el momento debe ser fabuloso para el que vive así, porque se quita lastre y cargas, pero suele acrecentar el peso de los que les rodean.
Finalmente hay personas que parecen prever solo lo justo y necesario y que se esfuerzan por mostrar que muchas de las cosas beneficiosas que obtienen les han llegado “como quien no quiere la cosa”, sin que ellos hayan casi intervenido, ni hecho casi nada para que, de repente, casi porque los hados han obrado, les hayan promocionado, o hayan obtenido algún tipo de beneficio o conseguido algo que los demás tardan muchísimo en conseguir o que ni siquiera logran.
Esas personas que llamaríamos “como quien no quiere la cosa” tiene todo previsto al milímetro, todo estudiado en detalle, moviéndose como peces en el agua por aquí o por allí, pero sin aparentarlo. Son verdaderos artistas en la obtención de información sustancial, en acceder o conocer a personas útiles. Son verdaderos magos en hacer que parezca que estaban en el momento justo y en el lugar adecuado “como quien no quiere la cosa”. Son conseguidores para sí mismos.
Este es uno de tantos y tantos casos donde la falsa apariencia ayuda sustancialmente a conseguir el resultado deseado. ¡Hay tantos ejemplos!
Por todo eso hay cada vez más gente descreída. Por eso cada vez tenemos que dedicar un mayor esfuerzo a intentar discernir la realidad de la apariencia, la gente que nos dice la verdad de la que miente. A la postre, conocer y separar a las buenas personas de las personas buenistas.
De las primeras, hay muchas. Pero viendo los beneficios que obtienen las otras algunas se acaban pasando al otro bando. Y las segundas crecen como champiñones. Las primeras suelen ser personas valerosas, claras, verdaderas, transparentes y no manipuladoras. Dicen las cosas con tacto, pero a la cara. Cogen la realidad por los cuernos y tienen férreos principios que llevan hasta el final. Pero las segundas, ¡Ay!, de las segundas, mejor no hablar.
Es importante detectarlas, desenmascararlas y eludir su toxicidad. Aunque no es fácil, con la edad se hace cada vez mejor. Para identificarlas a tiempo, ayuda mucho la experiencia. Ya se sabe que “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.

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