Me he levantado a las 6 de la mañana porque a las 10 tengo que coger un avión. Tenía preparada la maleta, desde ayer, y por la mañana he metido las últimas cosas, las que utilizo hasta el final (el neceser), incluido secador, mi inseparable amigo.

Anoche pedí un taxi para las 7:30 de la mañana, para que pasara a recogerme. Normalmente cuando lo pides en el momento no tienes problema, pero como lo he pedido antes, no sé si se les ha pasado o me tenían que confirmar algo o, siendo mal pensada tenía un descuento acumulado del 30%, que no querían asumir. En fin, que el caso es que, por fas o por nefas, no ha aparecido. Ya me he puesto de los nervios.

Al final y aunque a esas horas y en la esquina de mi casa no suelen pasar muchos taxis, ha pasado uno y lo he cogido. Le he comentado al taxista lo que me ha ocurrido, para desfogarme, porque ya iba con prisas y le he dicho que agilizara. En fin, un verdadero estrés. Se nota que me hago mayor. Aunque pertenezco a una familia donde somos un poco obsesivos con las cosas, y yo lo he heredado, hace poco no me preocupaban tantas cosas.

Con todo el ajetreo casi voy con la lengua fuera, y luego ese famoso proceso de la menopausia, donde nuestra temperatura corporal sube de una forma tan desproporcionada. Voy casi sudando, y eso que, aunque lleve una cazadora o un plumas, debajo intento llevar algo ligero, por si tengo mucho calor. Aunque sé que luego en el avión tendré frio. En cuanto se pone en vuelo baja la temperatura y me quedo helada. No sé qué pasa, se parece al Corte Inglés. En invierno te asas y todo el mundo, sobre todo las señoras, con los abrigos en el brazo, y en verano, que entras en tirantes, te mueres de frio. Yo he decidido, en verano, intentar no ir al Corte Inglés. Salgo mala, literalmente.

He llegado al aeropuerto, y antes de embarcar he ido al baño, a retocarme. A ver como he llegado con el pelo. A ver si mantengo el colorete y, sobre todo, a pintarme nuevamente los labios. Como me dijo un día una amiga -yo puedo ir casi desnuda o en zapatillas, pero mi pelo en condiciones y mi barra de labios siempre puesta y eso que, en mi caso, casi más importante que la barra de labios lo es el rímel y la sombra de ojos.

He pasado ya todos los trámites, me he sentado en el avión, y he rezado para que no me pase nada. No soporto la idea de que me pueda pasar algo sin tener alguien querido al lado al que le pueda coger la mano, o abrazarle, si ocurre algún percance y el avión se estrella –Sera egoísta por mi parte pero, al contrario que los reyes, por lo menos hace años, que viajaban cada uno en un avión por si a alguno le pasaba algo, yo prefiero que viajemos toda la familia junta-,  para poder despedirme.

En ese momento, donde ya he adquirido cierta calma, me ha venido a la mente una frase de una película muy entretenida que se llama “Book Club”, y que aprovecho para recomendaros, sobre cuatro amigas ya maduras, donde podría condensar todo este periplo. La hija le dice a la madre cuando esta última va a tomar un avión y antes de salir del taxi se retoca el maquillaje Me encanta que tu generación aún siga necesitando arreglarse para ir en el avión”.  Soy de las que piensa, si pasa algo al menos que nos pille lo mejor posible.