Desde que las reivindicaciones femeninas y feministas han comenzado a hacerse oír con fuerza, casi todos los días escuchamos noticias como estas: Hay que mejorar las condiciones de las kellys, de las empleadas de hogar, de las cuidadoras….  Por supuesto, vaya por delante que apoyamos de corazón sus reivindicaciones.  Todas las mujeres, y las que sufren situaciones laborales especialmente duras y penosas, tienen todo nuestro apoyo e implicación en su lucha. Las mejoras que reivindican y que tanto merecen son justas, necesarias y positivas para ellas y para todos.

Pero también existen otros colectivos de mujeres, con frecuencia percibidos como menos vulnerables, que están luchando por salir adelante y que necesitan que se reconozca su valía, tras muchos años de estudio, trabajo, formación y dedicación. Este colectivo también merece atención, solidaridad y un cambio profundo de actitud por parte de la sociedad.

Nos referimos a las mujeres de mediana edad, profesionales, bien formadas y con estudios superiores, que se han quedado sin trabajo o que siguen en él, pero cada vez menos valoradas, más arrinconadas y más desmotivadas… o que se han visto abocadas a desempeñar trabajos muy por debajo de su cualificación profesional. Son mujeres muy valiosas para el mundo laboral, y plenas de conocimientos y experiencia, que aspiran, de una forma totalmente legítima, a encontrar, a mantenerse o a cambiar a un nuevo empleo acorde con su formación y su capacidad.

Son mujeres que tienen que buscarse la vida y luchar contra muros casi imposibles de saltar, como es un mercado y una sociedad que las ha olvidado o que empieza a darlas de lado.

No podemos pasar ni un minuto más sin ser conscientes de que esas mujeres ni quieren quedarse atrás, ni quieren permanecer fuera del ámbito laboral. Siguen luchando, porque tienen aspiraciones e inquietud y voluntad por aportar a la sociedad. Han estudiado, se han formado y han trabajado duro, para seguir aprendiendo, para progresar, para llegar tan lejos como sueñen. Y ni quieren ni deben conformarse con situaciones que no son acordes con su valía.

Si somos capaces de entender y respetar  que los hombres no se conformen con cualquier cosa y asumimos que aquellos que cuentan con cualificación y experiencia busquen puestos acordes con su capacidad, ¿por qué no nos causa la misma extrañeza y rechazo que muchas mujeres tengan que quedarse involuntariamente en casa o trabajar en actividades muy por debajo de su cualificación profesional, cuando están tanto o más preparadas que los hombres?  Aunque también con dificultad y esfuerzo, pero con bastante más facilidad que la mujer, el hombre de 45 y más puede encontrar puestos o colaboraciones de más nivel o más acordes a su perfil y donde se tenga positivamente en cuenta  su formación y experiencia.

Lo más duro no es que las empresas se olviden y no contraten a esas mujeres sobradamente preparadas, ni que, si alguna tiene suerte, la contraten por un sueldo o una categoría menor que a sus colegas masculinos, sino que toda la sociedad, incluido el propio Estado, las olvida a sabiendas, aunque nos llenemos la boca de lo contrario.

Apoyamos a las mujeres desfavorecidas, porque, en general, aunque no en todos los casos, al tener un menor nivel de estudios y formación, tienen condiciones más precarias de trabajo. Las que tienen formación que se busquen la vida y luchen por sí mismas, que ya han podido disfrutar de puestos de responsabilidad,  jefaturas o de buenas condiciones… Ahora les toca a otras“. Este es aproximadamente el discurso que el jefe de una amiga le largó, para intentar justificar el ponerle a otra persona por encima, en lugar de promocionarla a ella, después de años de esfuerzo y dedicación.

Además de una injusticia,  lo que en realidad  ese “jefe” estaba haciendo era intentar perpetuarse y mantenerse en su puesto, medrando, ascendiendo y cobrando cada vez más. De cara a la galería se muestra a veces insustituible para la compañía y afirma que mantenerse en el cargo no es para nada su objetivo, sino que desea una vida más relajada y alejada de ese trabajo. ¡Absolutamente, mentira! De la silla, de “su silla”, no se mueven ni locos y luchan con uñas y dientes para seguir ocupándola; eso sí, bajo la apariencia, muy cuidada, de que no les queda más remedio que hacerlo por el bien de todos, concepto que les gusta utilizar para ocultar la verdadera realidad egoísta que subyace.

Estas personas actúan y se mantienen con una estrategia casi napoleónica, con una astucia que nos deja pasmados. De improviso, sin méritos adecuados y sin objetivamente merecerlo, llegan a situarse donde no les corresponde. Ejemplos, a cientos.

Mientras tanto a las mujeres luchadoras, con aspiraciones legítimas para ascender o mejorar, se las tacha, como quien no quiere la cosa, de ambiciosas, duras, amantes del poder y de que, con tal de llegar, son generadoras de conflictos y luchas internas. De mujeres tóxicas.

Nosotras, mujeres, debemos seguir luchando para ocupar el lugar que queremos, que nos corresponde o que soñamos. Aunque nos intenten dejar de lado, empujar hacia abajo o tachar de lo que no somos, hemos de seguir adelante contra viento y marea, porque lo merecemos, porque es legítimo y porque casi siempre cuando una mujer se propone de verdad algo… no hay obstáculo en el camino que la pare.