Esta mañana estaba haciendo la compra para la semana. Es una tarea que no me gusta nada hacer pero que, como diría aquel, es imperativa y que encima la hago,  ya no una, sino varias veces a la semana, debido a que también habitualmente se la suelo hacer a mis padres. Aplicándoseme en toda su integridad el dicho de “si no quieres chocolate pues toma dos tazas”.

Mientras cogía la fruta y la verdura que es lo que más abulta en mi abultado carro no hacía más que pensar en mi hija y como me acribilla con el tema de los plásticos y el deterioro que todos sabemos suponen para el medio ambiente.

Cuando llegué a la caja y vi tantas bolsas que había tenido que utilizar me quedé realmente horrorizada del montonazo de plástico que llevaba  encima,  y que, nada más llegar a casa tiraría a la basura, metiendo la fruta y la verdura es sus respectivos cajones.

Todo esto me trajo imágenes de mi infancia que, la verdad, parece que fue ayer, cuando acompañaba a mi madre a la compra y las cosas se las pesaban y se metían en la misma bolsa. En la que ellos te daban, o en el carro o la bolsa que tu llevabas.

Estaba yo ensimismada en mis pensamientos que, como es habitual, se me agolpan en la cabeza, y le pregunté a la cajera si no tenían previsto una forma de llevarse las cosas que supusiera menos embalajes. Me respondió que no pero, que hacía poco, había visto que una chica se había traído sus propias bolsas de tela y en ellas fue metiendo toda la fruta y la verdura que iba comprando.  Pensé, ya estamos como siempre, en vez de establecer en el supermercado mecanismos más adecuados para comprar estas cosas, somos nosotros los que nos tenemos que traer, y en mi caso sería alrededor de 13 bolsas de tela, para poder hacer la compra. Es fabuloso como siempre acaba siendo doble el trabajo para el consumidor, cuando con poner un pesador y luego hablaré de ello, todo sería más adecuado.

En fin, que como a mí me gusta hablar con la gente y le resulté a la cajera simpática, me contó que, en su país, Ecuador, las autoridades habían decidido, y no sé si será verdad porque no lo he comprobado que, en determinadas playas, la gente no se podía bañar ni sentar y disfrutar de ellas, hasta que hubieran recogido todo el plástico y la basura que había en las mismas, imagino que consecuencia de otros que llegaron antes y dejaron todo hecho un asco.

Me pareció una idea genial sino fuera porque, como siempre, seguramente a los que les tocaba recoger no eran los que habían originado el problema y, en cambio, tenían que hacerlo si querían disfrutar de la playa.

Como me gusta abrir mi mente y conectar todo lo conectable. Al final todo está relacionado, me acordé de un artículo que había leído sobre los empleos del futuro, en el cual se decía que el trabajo es el tema que más preocupa, en general, a la gente y que, las previsiones más recientes, auguran la desaparición del 60% de los puestos.

En el artículo se hablaba que se debía de fomentar un tipo especial de creador: “inventor de puestos de trabajo”. Bueno la idea me encantó, pero ya añadiría que solo se puede ser este inventor a partir de una cierta edad donde se han visto muchas cosas y se tiene una cierta experiencia.

Aunque la gente era muy escéptica ante el hecho de poder inventarse puestos de trabajo, Peridis, habló de los puestos de formación y trabajo que consiguió con sus talleres para la rehabilitación de las iglesias románicas, con sus lanzaderas de trabajo, y con la posibilidad de mejorar el aislamiento de las casas, lo que se podría financiar con el ahorro energético que produciría, y que podría crear 500.000 puestos en la construcción. Una idea genial de un genio como Peridis. Además de Peridis, otro experto sanitario, dijo que se ahorraría mucho en sanidad si se diera asistencia sanitaria a domicilio en vez de ocupar camas de hospital.

Finalmente se lanzaba el reto de puestos de trabajo nuevos y sostenibles. A raíz de mi habitual visita al supermercado, y el cuidado del entorno, pensé, pues claramente nuevos trabajos podrías ser limpiadores de playas y océanos. Ya hay gente que lo hace, pero retribuyéndolo. Personas físicas que, en la orilla o un poco más mar adentro, con tubo y gafas, nada de grandes empresas, cogieran los plásticos y guarrería que todos vemos cuando vamos a la playa.

Y ya pensando, pensando, que no se diga que nos falta imaginación, pensé y porque no paseadores de octogenarios y nonagenarios. Personas que les dieran un paseo agradable, y fuera de su ámbito ordinario, amena conversación e incluso les llevaran a la otra punta de la ciudad, por ejemplo en Madrid, al Retiro o a Rosales, como si estuviéramos en la peli de “Paseando a Miss Daisy”. Dado que ya no pueden hacer este tipo de cosas. Y, porque no, esteticistas de personas también octogenarias o nonagenarias que fueran a casa de uno y le arreglaran, peinaran y maquillaran para salir estupendos a la calle. Y porque no impedidor de que las personas den de comer a gatos callejeros sin control, carpas en los estanques y palomas en todos los sitios. ¿Y acompañadores o perseguidores de impuntuales para evitar su sistemática impuntualidad?

Finalmente, dado el tema del que partíamos, lo que claramente necesitamos son pesadores de frutas y verduras que, como antaño, fueran pensando y metiendo todo en la misma cesta, y luego dieran el ticket para la caja.

Si esto no es nuevo. Ya hace tiempo que en muchas de las grandes empresas cuando se acaban proyectos y trabajos en vez de destinar al trabajador a un nuevo proyecto o actividad, se le viene diciendo “búscate un proyecto o un trabajo o un sitio en otro lugar de la compañía”, lo cual, ya sabemos en muchos casos puede significar, si no lo encuentras, tienes muchas papeletas de que te echen.

Pero si es que puede haber miles de profesiones o actividades por inventar. Será por profesiones.