El otro día iba caminado a casa de mis padres, cuando un chico canario de treinta y tantos años me detuvo para preguntarme ¿Me podrías decir dónde está el centro de salud? Después de indicárselo, retomé la marcha y seguí caminando a paso ligero.

Él se situó a mi altura y, caminando a mi mismo paso, me contó: “Acabo de llegar de Canarias para hacer unas prácticas en el centro de salud y voy a leer mi tesis doctoral”. Sin que yo le preguntara nada, siguió explicándome: “Soy médico odontólogo por la Universidad de la Laguna y necesito saber dónde está el centro para no perderme cuando empiece el próximo lunes, porque no conozco Madrid”. A continuación, añadió: “Por cierto, me llamo ……, y encantado de conocerte. ¿Cómo te llamas tú”?  Yo seguía a lo mío, andando cada vez más deprisa, porque llegaba tarde. Él me acompañaba amablemente sin parar de hablar. 

Poco después, al llegar a un semáforo, me pidió ¿Me das, por favor, tu teléfono? Porque me gustaría invitarte a la lectura de mi tesis. No conozco a nadie aquí en Madrid y me gustaría invitarte”.

En ese momento, absorta como estaba en llegar a tiempo a casa de mis padres, le respondí: “Seguro que en el centro de salud tendrás un montón de gente encantada de ir a escucharte”.  De repente caí. Lo que quizá quería era intentar ligar conmigo. Por si acaso, yo, ni corta ni perezosa, me apresuré a decirle: “Lo siento. Estoy casada. Tengo hijos, unos padres que necesitan mucho mi ayuda y un perro”.  Le dejé muerto. No sabía qué decir. Las prisas y el ensimismamiento me hicieron dar esa respuesta abrupta.

Un tanto apurado, él siguió su camino y yo me desvié deseándole mucha suerte en la lectura. Pero como todavía me quedaba  un buen trecho hasta casa de mis padres, me dio tiempo a reflexionar.  Y me dije para mis adentros: “La verdad es que ha sido una monada. Qué manera tan clásica y delicada de intentar ligar, en un mundo de aquí te pillo aquí te mato, donde las cosas más íntimas se dicen tan abierta, clara y descaradamente, y a veces con tan poca delicadeza…, que esas formas tradicionales -que requieren creatividad y educación- me parecieron de quitarse el sombrero“.

Recordé un piropo que me contó mi padre, en los largos días que pasé hace poco con él en el hospital y que me hizo mucha gracia. Con él había ganado un premio hace muchos años. “Vaya usted con Dios señora…, pero vuelva”. ¿A que es bonito? Nada que ver con algunos pseudopiropos ordinarios, agresivos o acosadores, que son de absoluto rechazo.

No estaría mal que las nuevas generaciones aprendieran a utilizar la imaginación combinada con cortesía, cuando quieren mostrar interés por alguien que les gusta. Preguntar directamente ¿Te gusta el sexo? ¿Cómo de activa eres?, como  le preguntó un chico  a una chica nada más conocerla, en un programa que vi el otro día, me parece tan basto, cutre  y de tan poca educación, que me sigue sorprendiendo que, en ese momento, la chica no cogiera, se levantara y se fuera, por supuesto sin responder.

Tal vez parezca la abuela cebolleta, pero sigo creyendo que para el buen gusto y los buenos modos siempre debería de haber lugar, y para las ordinarieces y la falta de educación, nunca.

Elegir nuestra vida, ser dueñas de ella y dejar en el pasado el papel secundario que, hasta no hace mucho, nos han impuesto es compatible con ser tratadas con buen gusto, sensibilidad, delicadeza y educación. Con la misma educación y cortesía que le debemos al hombre.