Si por algo se ha caracterizado la generación llamada analógica es por el valor dado a mantener la palabra dada. No siempre se ha cuplido, pero siempre ha estado muy considerado y valorado. Ese pacto se basaba en el honor y la honradez personal, palabras hoy día devaluadas, que significan que, cuando doy mi palabra, la cumplo. Pese a quien pese.

Para muchas generaciones, cumplir con la palabra dada, independientemente de la positiva pluralidad de ideas personales, políticas, religiosas, sociales o morales, ha sido el leiv motiv que ha orientado sus actos y su forma de vida. Nadie ha tenido que recodarles que, cuando se empeña la palabra en algo, salvo causa de fuerza mayor o imposibilidad absoluta, se cumple.

No tenemos que remontarnos a la Edad Media para encontrar caballeros. Miremos hacia la gente más mayor, de la edad de nuestros padres o abuelos, y observaremos que, desde el poco letrado hasta el más erudito, cuando se comprometían o si se siguen comprometiendo a algo con alguien, lo cumplen, aunque les vaya la vida en ello. No seles ocurre otro comportamiento.

Sin embargo, parece que la era digital. además de incontestables avances y ventajas, también nos ha traído la devaluación de muchos conceptos y valores, que hacían más fáciles y verdaderas las relaciones. Solo tenemos que mirar a nuestro alrededor, para darnos cuenta de que la forma de comportamiento ha cambiado radicalmente.

Tal vez sea debido a lo efímero de todo en este mundo tan rápido y cambiante o a que nos hemos imbuido tanto de la virtualización, que consideramos nuestro compromiso y nuestra palabra tan intangible como virtual. Importa poco o nada afirmar una cosa hoy y la contraria mañana.

Hemos adaptado tanto a nuestros intereses, yo diría tergiversado y manipulado, la máxima de atrévete a equivocarte, que acabamos justificando actuar como veletas llevadas por el viento que más nos conviene o por el sol que más nos calienta, pero naturalmente solo para mi barco, no para los barcos de todos los demás.

Ya es bastante impresentable y negativo decir hoy digo y mañana diego, de tal manera que nunca se está seguro de si se va a acabar cumpliendo la palabra dada o no. Además se intenta justificar descaradamente malutilizando conceptos como el bien común, la ética, la responsabilidad… para quedarnos tan anchos. No haría falta citar tantas veces esas palabras, si con nuestros actos se dedujera claramente que las aplicamos.

Obviamente esto no significa que, cuando esté justificado, no se pueda cambiar de idea, modificar el criterio e iniciar otro camino. Rectificar, empezar de nuevo… es totalmente legítimo. Aunque también el concepto debidamente justificado ha sufrido tal ampliación, que abarca todo lo necesario y sirve para justificar lo que haga falta. Siempre se pueden encontrar argumentos que justifiquen y respalden los cambios, aunque con imparcialidad se caigan por su propio peso.

Nos referimos a coherencia con las decisiones que han requerido mucho esfuerzo y dedicación, que no hagan que dejemos al otro vulgarmente “con el culo al aire”, cuando no nos convenga, vendiéndonos al mejor postor solo por nuestro beneficio y ambición. Esto sí que es verdadera prostitución y no la de esas pobres mujeres que violentándolas las meten en las redes de trata.

Si, como parece, cada vez existen menos caballeros dispuestos a cumplir sus pactos y en cuya palabra podamos confiar a ciegas, creemos que sí hay muchas mujeres  dispuestas a comprometerse y cumplir sus compromisos. Al fin y al cabo, es lo que llevamos haciendo toda la vida, comprometernos con los nuestros y no abandonar nunca esa responsabilidad.  Dejemos pues de hablar de pactos de caballeros y hablemos de pactos de mujeres o pacts women´s que probablemente, al ser en inglés, gozará de más predicamento y gustará a todos los de perfil profundamente digital.

Como en tantas cosas, las mujeres estamos llamadas a ocupar, de forma clara y manifiesta, todos esos espacios, que ya ocupábamos en un discreto segundo, tercer… o último plano.