Desde que nuestra perrita llegó a nuestras vidas, en mis paseos con ella me he dado cuenta de que existe todo un mundo lleno de actitudes y comportamientos del que antes no era consciente, que me está resultando muy entretenido y a veces conmovedor.
Llevo tiempo observando a un señor cuya edad se me hace difícil deducir, pero yo diría que está en torno a los 60 años. Se pasa la vida paseando a su perro y este le sirve para entablar conversaciones con todos y todas las que puede. Hablar, intercambiar unas palabras triviales o simplemente saludar a mujeres le produce -se nota mucho- una especial alegría.
Este señor tiene un perro que se levanta sobre las dos patas traseras cuando ve llegar a otro perro, cosa que le sirve a su dueño para entablar un diálogo con su mascota, a la que dirige frases del tipo “no seas agresivo”, “estate quieto”, “no ladres”, “¡pero si ya le conoces!”, “tranquilízate“… Y, aunque presuntamente está hablando al perro, aprovecha esta coyuntura para entablar conversación. Y lo hace de tal manera, haciendo una apología de galantería tan extrema, exquisita y bonachona…, que resulta totalmente cómico.
Como ya le tenía en el punto de mira, cada vez que lo veo me recreo observándole con su mismo mal disimulo. Y es como si me trasladara atrás en el tiempo, a esos hombres de las películas a la antigua, en blanco y negro, que hacían cierta apología machista e inocentona de cuánto les gustaban las mujeres, pero sin que se les pasara por la cabeza poner los cuernos a las suyas, ni adoptar ninguna actitud desagradable o sucia; simplemente haciendo castillos en el aire.
A este señor posiblemente le basta con ese paseíto y esos pequeños intercambios de palabras y miradas para estar ya contento todo el día. Como dice mi madre, representa para él “el pequeño mundo del señor Feliciano”.
Hay que ver lo mucho que necesitan algunos para ser felices y estar contentos, y otros cómo consiguen disfrutar con tan poco.


Deja un comentario