Hay una serie de características, que algunos prefieren calificar como estereotipos, que califica a las mujeres y que muchas veces casi preferirían no tener.
Una mejor memoria. He observado que las mujeres tienen una, podríamos llamar mejor memoria, casi prodigiosa. Aunque estoy convencida de que los hombres lo que tienen es una memoria mucho más selectiva, que les permite acordarse de lo que realmente les interesa y olvidarse de todas aquellas minucias que les quitan espacio en su cabeza, que minan su energía y sus nervios, no deja de maravillarme su facilidad para olvidar, lo que podríamos llamar, minucias necesarias. Digo necesarias, porque en ellas se apoyan las grandes cosas y las grandes decisiones, pero para que se las recuerden suelen acudir a sus esposas, secretarias o personal assistant, en el sentido literal de la expresión, que son las que se encargan de esa poco valorada tarea, recordándoles todo aquello que, según les entra les sale de su cabeza, sin pena ni gloria, en el segundo siguiente. Esta facilidad de ellos, que muchas mujeres admiramos y envidiamos, por más esfuerzos que hacemos, nos resulta imposible de alcanzar.
Esta facultad o habilidad, que a priori es una virtud, ya que por ejemplo permite a las mujeres sacar mejores notas en aquellas carreras o grados que requieren, como decíamos antes, mucho empolle y muchos codos, se convierte para las mujeres en un arma de doble filo, porque encontrarse que no se tiene la facultad del olvido, es muchas veces incómodo (para las mujeres y para los demás), por algo tan obvio como que, muchas de esas cosas que no se olvidan, no son el tipo de cosas que podríamos calificar de inolvidables.
Otra cosa que observo que tienen especialmente desarrollada las mujeres, y que quizá beneficiaría tenerla en menor medida, es la valentía para afrontar las enfermedades y el dolor. Cuando les acecha una enfermedad o tienen que realizar un sinfín de pruebas médicas, lo hacen sin quejarse, disciplinadamente, en tiempo y forma. Todas sabemos que simplemente hacerse una mamografía no deja de ser un pequeño martirio chino, pero lo realizamos con estoicismo, de forma casi espartana. Las mujeres tienen además el encargo o la misión, casi divina, de acompañar a padres, hijos, hermanos y maridos a todas las pruebas médicas que deban hacerse, no sin mucho luchar y pelear con ellos muchas veces, porque otra verdad verdadera, hablando siempre en términos generales, es que cuando nuestros queridos hombres se ponen enfermos, suelen ser el doble de hipocondríacos.
Una simple gripe o una jaqueca o un dolor de cualquier tipo se convierte para ellos en un verdadero drama, que entre sollozos y quejidos y, por supuesto, metidos desde que tienen dos décimas en la cama, no nos dejan olvidar ni un segundo, repitiendo de forma machacona lo mal que se encuentran, casi como si les estuviera llegando el último suspiro. Pero lo mejor es cuando coinciden en la enfermedad hombres y mujeres. Ellas casi con 39 grados de fiebre, intentan irse a la cama porque literalmente no pueden con su alma, y entonces se encuentran con que ya se han metido ellos con cuatro décimas, y les han ganado por la mano, de tal manera que, al final, ellas se tienen que conformar con llevar su enfermedad de forma callada, sin sobresaltos, como si no pasara nada, para que ellos pasen su proceso, casi su duelo, de la mejor manera posible.
Menos mal que la medicina mejora casi a diario, que ya podemos decir, por si un día los hombres tuvieran hijos, que con los adelantos médicos y con muchas mujeres a su alrededor, es posible que lograran sacarlo adelante. Hasta ahora todos sabemos de sobra que, si los hombres tuvieran que pasar por semejante trance, a lo vivo, ya se habría acabado el mundo.
Otra cosa que a las mujeres les encanta tener, pero que también les quita muchísima energía, es la empatía, la comprensión, el saber, con mano izquierda, gestionar bien a todos y, sobre todo, a los equipos, cuando consiguen tenerlos. Muchas de las mujeres en todos los ámbitos, pero especialmente en el laboral, se han tenido que enfrentar a la gente más conflictiva o aquellos de los que sus jefes anteriores no lograban sacar nada y, como alternativa muy viable, les han dejado en mano de mujeres que, de una manera detallista, casi callada y con mucha mano izquierda, dedicando mucho tiempo y muchas veces teniendo que aguantar lo indecible, han logrado sacar de esas personas lo que parecía imposible.
Y finalmente, otra habilidad especialmente desarrollada en el sexo femenino, es la de comunicar, comunicar todo lo comunicable. En eso sí que sí las mujeres tienen el arte en sus manos. Comunican, nos comunicamos tanto, que a veces casi parece que nos va a estallar la cabeza. Tenemos tanto que comunicar y a veces nos parece tan poco el tiempo para comunicarlo, o que nos dan tan poco tiempo para explicarlo, que igual que Don Quijote se volvió loco leyendo las novelas de caballería, creemos que nos vamos a volver locas tratando de explicar lo que muchos no están interesados en escucharnos. Eso sí, esa comunicación, nos hace a casi todas realmente felices. El universo femenino no se entiende sin la comunicación de pensamientos, sentimientos y emociones, aunque muchas veces, toda esa comunicación, se acabe volviendo contra nosotras porque, como dice el dicho, por la boca muere el pez.
Quizá algún día todas estas cosas que parecen genéticas en las féminas acaben siendo genéticamente masculinas. En ese momento, solo observando a nuestros querido compañeros, sabremos y sabrán por qué nuestro mundo es tan complejo y por qué nuestra cara se muestra a veces tan cansada, aunque no nos gusta que nos lo digan porque, en nuestra complejidad, nos parece que querrían decir que estamos feas o viejas. Y eso, eso, que siempre recuerden que no lo vamos a olvidar jamás. Que se atengan a las consecuencias.

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