Como de muchas otras cosas, esta época de confinamiento ha puesto de manifiesto el valor de la enseñanza presencial.
Varias de mis amigas se dedican a la enseñanza y puedo asegurar que en estos días están trabajando con una dedicación absoluta, sin límites horarios. Para garantizar que sus alumnos puedan seguir la enseñanza de sus asignaturas en remoto, no han dudado en darles su número de teléfono o su dirección de correo electrónico para que les consulten cualquier posible duda. Eso se ha traducido en mensajes de Whatsapp y correos electrónicos constantes que contestan a cualquier hora, cualquier día de la semana. Es verdad que, desde su aislamiento, no han arriesgado sus vidas exponiéndose al maldito Coronavirus, pero su esfuerzo y dedicación merecen mi particular aplauso de las 20:00h.
De la misma forma, merecen todo mi reconocimiento los padres de niños pequeños que, en muchos casos tele-trabajando, no sólo tienen que ocuparse de preparar toda la infraestructura para que sus hijos puedan seguir las clases online sino asegurarse que efectivamente lo hagan. Por los gritos que oigo en el piso de arriba, doy fe de que no debe ser nada fácil cuando tienes un hijo de seis años un poco movido. Además, cuando las clases terminan, en muchos casos esos padres tienen que ponerse a hacer las tareas con los niños para enviárselas a los profesores mediante el método que se haya convenido. Vaya mi aplauso de las 20:00 también para ellos.
Exámenes online
Mis hijas son universitarias, por lo que no me encuentro en la situación de esos abnegados padres. Sin embargo, también estoy “sufriendo” con la enseñanza online. Bueno, más que con la enseñanza virtual, estoy “sufriendo” con los exámenes online. Soy de la firme opinión que si esta situación se prolongara en el tiempo, sería muy necesario darle una vuelta importante a este tema.
Se supone que los exámenes son pruebas que sirven para comprobar la asimilación, o no, de determinados conocimientos por parte de los alumnos. Dado que en los exámenes online la posibilidad de fraude es altísima, la solución de muchos profesores, al menos en el caso de mi hija que estudia una ingeniería, para que no haya tiempo de copiar, consiste en reducir el tiempo de duración del examen. Pero no sólo eso, en muchos casos lo complican también presentándoles las preguntas de una en una sin posibilidad de volver atrás. Hace mucho tiempo, cuando mis hijas se iban a examinar a la facultad, mi consejo siempre era: “Empieza por lo que sabes con seguridad y luego dedícate a las preguntas que dudas”. Ese consejo ahora no vale. Si en una pregunta dudas, no sabes si es mejor dedicarle más tiempo o pasar a la siguiente, que puede ser peor.
Además, a los nervios habituales ante cualquier examen, se une ahora la angustia de que ocurra cualquier fallo en los equipos, las aplicaciones o las comunicaciones. Sin ir más lejos, el otro día, al terminar el examen final de Economía, mi hija nos avisó de que ya podíamos ir al salón, que es donde está el router y donde hace todos los exámenes para garantizar la mejor señal WiFi. Cuando le estaba preguntando cómo le había ido, oímos en su portátil una voz pues no había cerrado la aplicación desde la que se entregaban los exámenes. “Ve a ver qué están diciendo”, le dije. ¡Menos mal! Cuando fue a ver qué pasaba, se dio cuenta que, con los nervios de escanear y subir el examen a la aplicación, no había dado al botón “Enviar”. Si no se hubiera dado cuenta, su examen se habría quedado en el portátil y en su nota habría aparecido un “No presentado” ¡No lo quiero ni imaginar! Esto nunca hubiera pasado en un examen presencial.
Con respecto al fraude, mis amigas profesoras me cuentan que son muy conscientes que sus alumnos copian o consultan. Además de las chuletas de toda la vida, que ahora son mucho más fáciles de ocultar aun cuando se usen cámaras, o del intercambio de respuestas vía Whatsapp o email, ahora se dan casos de suplantación de identidad, es decir, una persona hace el examen como si fuera el alumno. Se ha llegado al punto de que hay quien contrata a profesores para que hagan el examen en su lugar. En los portales de anuncios de Internet hay multitud de ofertas de profesores de Matemáticas y Física que se ofrecen para hacer exámenes online por una cantidad que va desde los 35 a los 100€. Los métodos más utilizados consisten en que el alumno le envía por Whatsapp el examen y él se lo reenvía hecho o, si el estudiante le proporciona la contraseña de la plataforma digital desde la que se hace el examen, entra directamente como si fuera el alumno. Para evitar esto último hay profesores que piden a sus alumnos que enseñen el DNI a través de la cámara para comprobar su identidad. En cualquier caso, como dice una de mis amigas profesoras, lo más triste es pensar que encima suspenderán los honrados.

Bajo mi punto de vista, los exámenes deberían ser una parte de la nota final. Si acaso, debiera haber notas o calificaciones, que esa es otra cuestión. Vivimos en un mundo cuadriculado. No sé cómo se puede afinar tanto, a veces, para que la nota de un examen (por ejemplo, de Historia) sea un 4,9
Saludos.