En estos días tan difíciles, donde a casi toda la población mundial nos ha cambiado la vida y la cotidianidad de un día para otro, donde parece que estamos inmersos en una pesadilla o en una película de ciencia ficción, de la cual, en un momento dado, vamos a despertar, donde ni en nuestros peores sueños nos podíamos imaginar algo así…, todos o muchos hemos tenido que parar de golpe para confinarnos en casa. Aunque el día a día no acaba de ser una rutina, el saber que no podemos salir de nuestras casas y hacer cosas simples, como pasear, que no valorábamos en su justa medida, nos puede producir angustia, sensación de vulnerabilidad.
Desde el minuto uno nos han, nos hemos, bombardeado con miles de actividades, para no parar, para no aburrirnos, para no dejar de hacer cosas, cuando hasta ahora nos pasamos la vida diciendo “lo que necesito es tiempo”, tiempo para mí, tiempo para mi familia, para pensar, para reflexionar, para estar conmigo misma, para… Aunque nos parezca que estamos mejor con nosotras mismas en una playa o paseando por el campo o al otro lado del planeta, también podemos estar con nosotras mismas en la intimidad de nuestro hogar, porque al final, estamos hablando de un acto introspectivo que podemos vivir en cualquier sitio.
Recuerdo unas palabras de un profesor de Pilates chileno muy bueno que tuve, hace años. Me repetía todos los viernes cuando llegaba a clase con la lengua fuera, después de toda la semana sin parar y desquiciada. Vosotros los españoles no tenéis la cultura del sosiego, de parar y pensar, de hacer las cosas a su ritmo, con un cierto ritual, de concentraros en el momento sin estar pensando que voy a hacer en el momento siguiente. Con lo necesario que es eso.
Y ahora que estamos en casa, no podemos de dejar de apuntarnos a miles de actividades, chats, juegos, clases virtuales. Todo para tener ocupado cada minuto de nuestro tiempo y no poder pensar, con sosiego, en tantas cosas en las que necesitamos pensar. En tantas cosas que nos abruman.
Pues yo desde aquí voy a reivindicar ese sosiego, ese hacer las cosas despacio que reivindicaba también, en un fantástico artículo, de hace tres o cuatro días, Arturo Pérez Reverte, llamado teoría de la lentitud donde explicaba que hasta hace poco hacer las cosas lentamente era una virtud. Cito textualmente “… Confería un aire respetable. Incluso, elegante. Por eso los antiguos monarcas los filósofos los aristócratas se movían despacio. La razón era el respeto que entonces inspiraban los ancianos y la gente mayor, experimentada, libre ya de las prisas e impulsos de la juventud”.
Y con esto también recuerdo las palabras de mi madre hasta hace 9 días, todas las tardes cuando iba a verles y llegaba corriendo, profundamente alterada, con los nervios de punta, para dar una vuelta con ella. Según entraba me tomaba el té que, de forma sistemática, me tenían preparado, para no perder ni un minuto, de golpe y porrazo, de un sorbo y, nada más acabar, le decía a mi madre, “venga mamá corre ponte rápido el abrigo y coge la muleta y tus gafas que es muy tarde” y mi madre me respondía “por favor que no puedo ir tan rápido. No me metas prisa, que no puedo”, Y yo me exasperaba profundamente cuando, no voy a decir su edad porque no le gusta decirlo, pero está en ese tramo entre ochenta y tantos y noventa años, es evidente que no podía correr más.
Y aunque me hacía el firme propósito de no repetir este comportamiento al día siguiente, repetía exactamente lo mismo y mi madre y mi padre me tenían que volver a decir no ves que es imposible que hagamos las cosas a la velocidad que tú quieres. Y aunque ahora pienso en ello y me juro y me perjuro que no lo haré nuevamente, en mi fuero interno no estoy del todo segura de conseguirlo.
Pues bien, en este período tan raro y tan horroroso que nos ha tocado vivir, con ese confinamiento casi general, tampoco somos capaces de alcanzar ese sosiego tan necesario para recapacitar, volviendo a equivocarnos porque, como decía Arturo Pérez Reverte, renunciando a la lentitud en favor de una engañosa rapidez se anula a menudo cierta clase de eficacia que, en mi opinión, podría equivaler al famoso refrán de “vísteme despacio que tengo prisa”.
El sosiego que no quiere decir vaguería, ni procastinación, esa palabra de la que ahora gustamos tanto que significa ir dejando las cosas para después en lugar de abordarlas en el momento, aplazar la tarea que tenemos que hacer, la responsabilidad que tenemos que asumir por otras actividades irrelevantes, pero más gratificantes, sino tranquilidad, calma, recapacitación.
Pues bien, yo reivindico volver a esa cultura del sosiego, de la lentitud, de no estar metido en miles de actividades que nos impiden ahondar en detalle en las cosas, que nos impiden esa actitud introspectiva que al final todos necesitamos.
De todas las situaciones incluso de esta situación tan horrible con el Covid 19, se puede sacar algo positivo, porque si no, no podríamos casi ni vivir el día a día, y aunque la realidad es que, a veces, es difícil encontrar esa parte buena, al menos aprovechemos para hacer aquello que son los pasos de la confesión, que nos enseñaban cuando éramos pequeños: el famoso examen de conciencia que era el paso 1. Pero para que ese examen de conciencia sea real y nos sirva, necesitamos sosegarnos.
Hay personas que cruzan el mundo entero para hacer retiros de silencio, durante días, con todo lo que ello supone. Pues ahora tenemos, en parte, la oportunidad de retirarnos, aunque sea un rato pequeño de cada día, e intentar alcanzar la calma por la que tanto suspiramos.
Ahora lo tenemos al alcance de la mano y si no lo aprovechamos es porque no queremos, por nuestra incapacidad en esta vida sin freno. La verdad, es que estar corriendo y haciendo todo el día cosas nos evita tanto hacer las cosas realmente bien, nos evita intentar analizar la realidad pausadamente y, sobre todo, aprovechar este tiempo para bucear en nosotros mismos, cosa que a la mayor parte de nosotros, tanta falta nos hace.
Utilicemos el sosiego para encontramos. Solo encontrándonos, podremos encontrar y acercarnos emocionalmente a los demás.

Deja un comentario