Hace unos días volví durante unas horas a mi empresa de siempre, aquella que dejamos, parece mentira, hace más de dos años. Había vuelto algunas veces a los alrededores, para ver a mi grupo más cercano, pero dentro de las instalaciones no había vuelto a pisar.

Fuimos a despedir a amigos y compañeros que ahora dejan también la compañía. Aunque en principio tenía una sensación extraña, de ganas y de un cierto reparo, la verdad es que me encantó encontrarme con tanta gente estupenda, con la que conviví tantas horas al día durante tantos años y que, por tanto, son ya una parte importante de mi vida.

Siempre me sorprende y emociona ver cómo compañeros y amigos me saludan con tanta calidez y alegría, que no es tan grande como la que siento yo al volverlos a ver. En un mundo donde a veces la cercanía y las buenas palabras son tan impostadas y sobreactuadas, ver y sentir esa alegría de corazón es muy emotivo.

De mis compañeros y amigos de tantos años, aprendí la exactitud de las cosas, el esfuerzo, una manera diferente de afrontar los problemas. Cosas que nunca pensé que me llegaran a interesar y que me fascinaron. Formas de comportamiento diferentes. Tener que reducir muchas cosas a fórmulas matemáticas para que me entendieran, pues a veces sí que las cosas eran blancas o negras… y tantas y tantas cosas más.

En mi empresa, como en todo en esta vida, pasé momentos buenos y otros no tan buenos. Momentos de estrés y momentos de disfrute. Disgustos y alegrías. Pero lo que sí puedo afirmar es que, aunque el período final fue un poco duro, al volver a ver a tanta gente estupenda solo me vino a la mente todo lo bueno, que ha sido  muchísimo, que ha supuesto esa gran parte de mi vida laboral.

Digo mi empresa con pleno conocimiento de causa, porque siempre será mi empresa. Y no solo para mí, sino para todos los que hemos pasado por ella, y hemos construido y formado parte de su historia. Para todos los que crecimos y nos formamos en ella, siempre será ese sito y esa cultura donde crecimos personal y profesionalmente y a la que tanto dimos, pero que tanto  nos dio también.

Nuestro paso por nuestra empresa, durante tantos años, nos ha impreso un verdadero sello de calidad que nos identifica. Si lo analizo en detalle, me doy cuenta de que la mayor parte de las personas que trabajamos allí tenemos una serie de características comunes que allí donde estemos nos diferencian. Muchos de nosotros, ya en otros lugares, dedicándonos a temas parecidos o a cosas que no tienen nada que ver, llevamos escrita en la frente las palabras colaboración, trabajo duro, compañerismo, ilusión, esfuerzo, positivismo, responsabilidad...

Hace poco leí un artículo que afirmaba que a los trabajos se iba a trabajar y no a hacer amigos; que los amigos estaban fuera. Pero es imposible separar ambas cosas cuando compartes tanto y durante tantas horas al día con personas estupendas. Allí conocí a personas fabulosas, que ahora considero verdaderas amigas y amigos. Y aquellos otros con los que no tuve tanta relación, pero con los que trabajé en diferentes cosas, día tras día, aunque no puedan llamarse amigos, porque evidentemente no pude  mantener una relación cercana con todo el mundo, sí que afirmo que fueron buenos y generosos compañeros en los que me apoyé, y quiero pensar les apoyé, en todo nuestro periplo común.

Estando en nuestra empresa nos casamos, tuvimos hijos, nos separamos, nos compramos casas, murieron nuestros padres, murieron compañeros, fuimos creciendo, madurando…  Y un día salimos de allí con una mochila en la que ya solo cabía todo lo mejor de nuestra larga experiencia.

Lo afirmé en otra entrada y lo reitero. Que nadie piense que el pasar tanto tiempo en una compañía ha supuesto apoltronarnos, acomodarnos, no aprender, dejarnos llevar por la apatía y la rutina, no hacer nuevas cosas… Muy al contrario. Siempre pudimos seguir haciendo cosas nuevas, vivir nuevos proyectos, conocer nuevas personas, embarcarnos en  retos y aventuras nuevas.

Por supuesto que no todo fue un camino de rosas y hubo también malos momentos, disgustos, cabreos, situaciones que nos parecían injustas, sinsabores… y mucho más. Pero eso se me ha desdibujado. Ha dejado de existir para mí. Miro a lo que fue mi paso por la empresa con verdadera satisfacción. Y si me recorre un cierto escalofrío de tristeza es porque sé que ya nunca voy a volver a pasar ni a vivir lo mismo que allí viví, que también va asociado a mi juventud.

Ahora que conozco mucho más de casi todo, porque la experiencia es un grado, sé, y lo sé de corazón, que los momentos importantes no solo no los podemos olvidar, sino que debemos atesorarlos y tenerlos siempre presentes, porque nos ayudarán cuando pasemos por esos otros malos momentos que también existen.  Todos sabemos que, allí donde haya gente fabulosa, la vida, en todos los sentidos, será mucho más fácil; más enriquecedora y positiva.