Cuando nos empezaron a contar cómo se iba propagando el virus y la enfermedad, y nos anunciaron el estado de alarma y, consecuencia de ello, el confinamiento en nuestras casas, durante 15 días, que después se ha convertido en un mes, se me cayó el mundo encima. No me imaginaba la vida sin poder salir y entrar libremente, sin tener la seguridad de que si no sales es porque no quieres, no porque no puedas, porque esté prohibido.

Para mí el tema del teletrabajo no era un problema, porque ya trabajaba así varios días a la semana, y la empresa ya tenía  arbitradas las medidas necesarias para poder desarrollar mi actividad  así. Nosotras venimos de una compañía que fue pionera en los temas de teletrabajo, aunque en ella yo nunca teletrabajé. El quedarme en casa de lugar de salir a trabajar todos los días no era un problema a priori.

Tengo muchas amigas que no están acostumbradas a teletrabajar y ahora lo llevan fatal. Pero ese no era mi caso, porque yo ya tenía esa sistemática  de levantarme, ducharme, arreglarme, pintarme, y lo sigo haciendo, y empezar a trabajar todos los días a la misma hora. Es más, a mí lo que me costaría es que me quitaran el teletrabajo y la posibilidad de poder organizarme, dentro de ciertos límites,  a mi modo y manera.

Lo que al principio me tenía muy alterada era que el resto de mi familia, todos, estaban en casa. Antes estaba yo sola con la persona que me ayuda en casa, por lo menos hasta la hora de la comida. Cuando empezó el confinamiento, le dije a esa persona que lo más adecuado para su salud era que se quedara en su casa. Me daba un poco la sensación de que yo había pasado a ser la que se ocupaba de las actividades domésticas y caseras, y que los demás no eran conscientes de que ahora todos estábamos en casa y todos debían contribuir.

Aunque tenemos la suerte  de tener cada uno nuestro espacio, de repente, nos cruzábamos por la casa, y parecía que todos estábamos en todas partes. Uno quería comer a una hora, el otro a otra. Iba a la cocina y otro estaba preparándose algo. Necesitaba  entrar en mi baño y estaba ocupado.  En fin, la cotidianeidad del fin de semana, pero dentro de la sistemática de la semana. Yo que soy bastante organizada y me gusta tener todo en orden, estaba todo el día persiguiéndoles a todos e intentando que hicieran las cosas como yo entendía que se debía hacer.

Un día tuve una buena bronca en la cena y al final logré que todo el mundo fuera consciente de la situación. Puse una lista en la nevera de lo que me alteraba profundamente que se hiciera, tipo tirar la ropa a lo sucio a pelotón (quitarse camiseta sudadera todo de golpe y tirarlo así sin separar prendas) o cuando se saca al perro no meter la cazadora y dejar los zapatos fuera, meter lo sucio en el lavavajillas, en fin, lo típico y, la verdad, desde entonces las cosas han mejorado y ahora, aunque de vez en cuando tenemos alguna pelotera, todo fluye mejor.

Entonces me vino a la mente algo que nos ponían en las puertas de nuestra empresa de toda la vida y era que la inteligencia es la capacidad de adaptación. La realidad es que todos somos animales de costumbres y cuando integramos algo de forma sistemática en nuestra rutina se convierte en normal.

Y así es, al final, el ser humano se adapta a todo y aunque pensando en algo nos parezca horrible, si nos vemos en la situación lo haremos y no pasará nada. Nos adaptaremos, porque eso forma parte de la vida, de la supervivencia. Igual que nos acostumbramos a levantarnos todos los días a una hora o hacer la compra o la cama, o ducharnos, nos podemos acostumbrar a no salir tanto o a dejar de salir. Empezamos a interiorizar esta rutina como algo cotidiano. Quién sabe si cuando podamos salir nos costará un montón y tendremos una especie de síndrome de Estocolmo pero con las salidas, una especie de síndrome Coronavirus

Adaptarnos es necesario para poder llevar la situación lo mejor posible. Por ejemplo, yo nunca sacaba a mi perrita por la mañana durante la semana, si el fin de semana, porque la sacaba la persona que me ayuda en casa. Ahora la saco yo con guantes y con todo cuidado y no solo con el confinamiento sino por la cotidianeidad espero ese momento con alegría y fruición. Se ha convertido en el pequeño mundo del señor Feliciano, como diría mi abuela.

La resistencia del ser humano es mucho mayor de lo que pensamos. Las personas resistentes y resilientes son las que al final pueden con todo. No es, como me contaba una amiga que le decía su hijo de veintitantos años y perteneciente a esa generación que han viajado mucho y que están acostumbrados a hacer un poco lo que quieren, porque a muchos nos dé igual salir que no salir, so que arre, sino  que muchos saben resistir y aguantar. Esa gente que sabe resistir y aguantar son los que llegan a la meta.

Esa resistencia la tienen, por ejemplo, los buenos estudiantes y yo lo fui. Los que estudian carreras duras, como las ingenierías o medicina y los opositores tienen una gran capacidad de resistencia, disciplina y aguante.  Esa capacidad, es la que les sirve para graduarse con éxito. Pero yo creo que esta capacidad, en parte, se estaba perdiendo un poco. A lo mejor es el momento de recuperarla, de resistir y cumplir hasta llegar al objetivo y aprender a no hundirnos con la mínima contrariedad o decepción.

La fortaleza física muchas veces, o casi todas las veces, estoy convencida, que es propia de personas con una buena fortaleza mental y, de estas, no hay tantas como parece.