Viendo un programa, grabado antes de que ocurriera este desastre de la pandemia, sobre bares y restaurantes de nuestro país, conocidos entre la gente, no porque fueran de renombre ni se anunciaran en las redes sociales, sino por el boca a boca de las personas que iban a comer o a tomar el aperitivo todos los días, casi se me cayeron las lágrimas. Ver a todas esas personas comiendo juntas, tomando un café o una cerveza o almorzando el menú del día, a 9 euros, en la barra o en las terrazas…, pudiendo hablar, tocarse, reírse, parecía tan cercano y a la vez tan lejano. Ahora, sin embargo, tenemos la incertidumbre de si se podrá volver alguna vez vivir así, con esa cercanía, tan importante, sobre todo para los países del sur, del Mediterráneo. Se me cayó el alma a los pies.
Hemos perdido y vamos a perder una parte importantísima de nuestra idiosincrasia, de nuestra manera de comportarnos, de nuestra manera de relacionarnos. Hemos perdido y, no sabemos cuándo lo recuperaremos o si lo volveremos a recuperar, una parte de nuestro “yo”. Eso, además de las devastadoras consecuencias económicas, de las que no sabemos, ni cómo ni de qué manera, se saldrá.
De repente, pasé de la tristeza a una rabia tremenda, pensando en el cómo y de qué manera ha surgido este virus. Por todo lo que está suponiendo y va a suponer, durante mucho tiempo, incluso a largo plazo, o para siempre, quien sabe. Me hizo reflexionar sobre algo que poca gente, aunque cada vez hay más voces, se atreve a decir, y si lo dice, es por intereses estratégicos, o políticos, o personales, pero no por un tema de justicia real y no esa justicia de salón o de pura palabrería basada en la nada, en la más absoluta tomadura de pelo y es que, realmente, habría que hacer una investigación detallada y profunda, que todos conociéramos como, por quien y de qué manera se ha llevado a cabo. De por qué se ha extendido con esa rapidez y, más allá, lo que se llama en derecho si esto ha ocurrido con dolo o con culpa o negligencia, por acción, por omisión, por tradición, por dejación, por lo que sea, en un mundo global donde todo está interconectado y todos sabemos que una cosa en un lado del mundo tiene muchas posibilidades de tener repercusiones en el lado opuesto del globo.
Pero claro, nos movemos desde hace ya varios años en una especie de limbo donde el hacer que se responda y se asuman realmente las consecuencias de los actos, es algo realmente imposible, salvo para las minucias, en las cuales si se pierde mucho tiempo. Nos movemos y recreamos los hechos hasta tergiversarlos y convertirlos en lo contrario. Nos movemos en la negación de la evidencia, en los famosos perfiles bajos. Nos movemos en el ande yo caliente ríase la gente, pero a gran escala.
Pues no, yo creo que todos debemos de responder de nuestros actos y más cuando un acto nuestro, por acción u omisión tiene consecuencias tan gravísimas, salvajes, negativas, como está teniendo esta pandemia. Por ello, allí donde se ha originado, sobre todo, y, en primer lugar, es donde, después de un trabajo pormenorizado y profundo, se deben de exigir las responsabilidades mayores y más graves, no permitiendo que se reescriba o se adultere la realidad. Y luego y también en países, gobiernos, entidades, comunidades, donde con manifiesta incapacidad o falta de la capacidad necesaria o la requerida, esas consecuencias se han ampliado y magnificado, dando lugar a consecuencias tan tremebundas. Se tiene que responder porque si no, que ejemplo se está dando a la gente. Qué ejemplo se da cuando se persiguen actos triviales y no se persigue y se castiga de alguna manera los actos de tal magnitud.
Ya está bien de lo que tanto se utiliza y tan deleznable es, si lo analizas, de yo hago esto porque quiero o porque me conviene o porque es mi tradición o por lo que sea y luego si los demás o si mi acto tiene consecuencias gravosas, terribles en este caso, pues ya sacaré los trapos sucios de los demás y les amenazaré con lo mal que hacen ellos o les ayudo para disipar mi responsabilidad. Así vamos tapando todo lo poco o lo mucho los insignificante o lo importantísimo, todo.
Y eso ocurre de lo menos a lo más y de lo más a lo menos, en el ámbito doméstico y en el ámbito mundial. Así ¿cómo podemos llegar a nada?
Esta reivindicación o reflexión no se realiza ni desde un punto de vista político ni tiene que ver con un signo u otro, sino que tiene que ver con la esencia de la justicia y de la verdad, que cada vez es más complicado de aplicar porque el honor, la palabra y la verdad no existen. Eso sí que es una reflexión que todos deberíamos de hacer. Y aunque sé que no existen verdades absolutas y que todo es consecuencia no de una única cosa sino de varios factores que muchas veces confluyen, la realidad es que las consecuencias son terribles mayores o menores cuando, como diríamos vulgarmente, se juega con fuego.
Tantas normativas internacionales, tantas leyes, tantas legislaciones, tantas organizaciones, corporaciones, grupos, comisiones. Tantas cosas en nuestra mano y, al final, no sirve para nada o para casi nada, porque todo se ventila es una especie de estrategia de equilibrio entre las fuerzas, gobiernos, países, instituciones donde, como diría aquel, nadie se atreve a poner el cascabel al gato.
Pues yo creo que es hora de retomar y de aplicar con legalidad, pero con diligencia y verdad todas esas legislaciones normativas, y creaciones de entidades, organizaciones y comisiones de todo tipo y no utilizarlas subrepticiamente vaciándolas de contenido.
Ya es hora de que abstrayéndonos de nuestros condicionantes políticos y comportándonos simplemente como personas justas, razonables y equilibradas, en una palabra, como humanos, con moral, principios y dignidad, exijamos y busquemos la verdad, no como ley del talión, pero como deber, y caiga quien caída porque, solo sabiendo que hemos hecho todo lo necesario, y que hemos puesto todos los medios para encontrar la verdad, seremos realmente libres.
No puede haber justicia ni verdad si los culpables no acaban respondiendo.

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