Hace un par de semanas, mientras zapeaba por los diferentes canales de la televisión, me topé con un programa que me resultó muy interesante, “El impuesto rosa”. El programa analizaba el marketing de género y mostraba cómo la publicidad de género, como tantas y tantas cosas, puede acabar perjudicando a la mujer, además de aprovecharse ¡cómo no! del sueño de belleza y eterna juventud.
Ya en alguna ocasión me había preguntado por qué la colonia para mis hijos, mi marido o mi padre, de las llamadas marcas de lujo e incluso, alguna de ellas, de la misma marca y tamaño que la que uso yo, resultaban un veinte o un treinta por ciento más baratas que las mías.
Quizá en algunos productos podríamos encontrar cierta justificación. Las cremas femeninas de cuidado facial, por ejemplo, cuestan bastante más que las masculinas de la misma marca y tamaño. Hasta ahora no demasiados hombres utilizan crema facial y el mercado refleja esa realidad en el precio. Por otra parte, los componentes de las cremas femeninas son, en general, más completos y costosos, y requieren más investigación que los de las masculinas. Y esto también se refleja en su coste. Si nos empeñamos en buscarlas, podemos encontrar justificaciones para casi todo.
Pero el programa dejaba latente que la diferencia de precio se produce, sobre todo, y llamativamente, en productos básicos. Los desodorantes femeninos son, hablando siempre en general, más caros que los de hombres, sin que por otra parte nada impida que mujeres y hombres podamos usar el mismo desodorante. A mí desde luego esa moto no me la han vendido. Utilizo el mismo desodorante de barra que mi marido y me va fabulosamente, además de que la mayor parte de los comercializados para mujer son de spray, con el consiguiente perjuicio para el medio ambiente.
En los cepillos de dientes, para hombre o para mujer, solo cambiaba el color. En el caso de las plantillas, el precio de las que son para mujeres es mayor, a pesar de que, en lo básico, son iguales que las del hombre. Las maquinillas para mujeres son más caras… En este caso pensé: “Nos podrían argumentar que los hombres las utilizan más que las mujeres. Al comercializarse más y fabricarlas a mayor escala se reduce el precio”. Siempre siempre se puede encontrar justificación a cosas poco justificables y que ¡vaya casualidad! a menudo acaban perjudicando a la mujer.
Reflexionando me dije: Las mujeres -y generalizo de nuevo- cobramos menos y encima nuestros productos son más caros. Parece que se sigue partiendo de la base de que no es tanto nuestro sueldo el que va a pagar ese incremento, porque obviamente a menor sueldo menor capacidad adquisitiva, sino que tal vez lo que cobramos las mujeres se sigue viendo como un segundo sueldo, que se complementa con el de maridos o padres, para equilibrar tan desequilibrada situación. ¿Esta sospecha os parece muy enrevesada?
Si con un menor sueldo hemos de pagar precios más elevados, cuando queremos darnos un capricho o hacer lo que nos dé la gana -un tratamiento de belleza, un abono para la ópera o el futbol, un taller… o keratina, para que el pelo no se encrespe en la playa como consecuencia de la humedad y luzca como corresponde, sin parecer Maradona…- hemos de hacer encaje de bolillos y ahorrar pasito o pasito o, con la previsión que nos caracteriza, sugerirlo como regalo de Reyes, cumpleaños o del día de la Madre.
Nos tratan como a cuasi tontas. De todos es sabido que la segmentación del mercado trae beneficios a las empresas, pero que la diferencia de precio la marque en muchas ocasiones casi exclusivamente el color, y siempre en nuestra contra, es de juzgado de guardia y algo más fuerte.
Parece que la mujer ha nacido para cuidar, estar siempre joven y atractiva, ganar menos por lo mismo y pagar más por lo mismo. Si nos apetece comprarnos un cepillo de dientes rosa o con un diseño particularmente femenino -simplemente porque el rosa nos gusta-, ya no lo pagamos metafóricamente con sangre -estamos en el siglo XXI- sino con dinero. Y si no queremos aceptarlo, tenemos que seguir comprando el de toda la vida. Aunque, que yo sepa, no hay razón para que los colores tengan precios diferentes, con el rosa y tonos asociados… parece que sí.
Ahora, que me fijo con más suspicacia y atención en todas estas cosas, me parece alucinante que, miremos donde miremos, todavía la mujer siga siendo la perjudicada.
Accede al vídeo del documental y a este otro de Ellen Degeneres.

Deja un comentario