Esta mañana, como todos los días, he dejado a mi hija adolescente en el colegio sobre las 7.55 h, lo que nos obliga a salir de casa a las 7.40 h, como tarde.
No sé si ayer se me olvidó poner el despertador o si no ha sonado o si no lo he oído…, pero me he despertado a las 7 y he tenido que hacer lo mismo de todos los días con muchísimo menos tiempo. Arreglarme adecuadamente todas las mañanas es tan consustancial conmigo que, podría decir, es casi una religión, la mía.
El acto final del ritual es vestirme. Menos mal que ayer había pensado qué ponerme. Mientras me vestía y finalizaba mi outfit subiéndome, como siempre, sobre unos altos tacones, para a continuación correr “atacada” hacia el garaje, y subir al coche con mi hija y su amiga -ellas totalmente tranquilas y relajadas-, pensaba: “Dios mío, qué destreza. Parece que fue ayer cuando me subí en los tacones y ya han pasado más de 30 años viviendo sobre ellos. Y todavía tan ágil. Qué suerte la mía. Ellos sí que son verdaderos testigos mudos de mi vida”. 
Después de dejarlas en el colegio y regresar ya sola al coche, puse, como todas las mañanas, la radio. Es un momento que adoro, aunque haya tráfico. Mientras escuchaba, me empecé a preguntar qué tendrán los tacones para la mayoría de las mujeres pues, aunque a veces nos destrocen los pies, lleguemos con la lengua fuera, nos den tirones en dedos y pantorrillas, favorezcan que acabemos operándonos de metatarsos o juanetes o de ambas cosas y nos obliguen a pasar un postoperatorio cruento… no queremos prescindir de ellos.
Quizá porque son ellos los que nos otorgan el empoderamiento para afrontar, de la mejor manera posible, lo que nos depara nuestro día a día. Son el verdadero testigo mudo de todo lo que damos de sí; “si los tacones hablaran…” Nos hacen estupendas y hasta cierto punto poderosas. Y eso, amigas mías, es lo que realmente hace que nadie pueda con nosotras. Sintiéndonos fabulosas, seguras y fuertes no hay nada que se nos ponga por delante, incluso con los pies destrozados. Me atrevería a decir que es un poder omnímodo y se me antoja semejante, solo que mejor, al que sienten muchos hombres dentro de un cochazo.
Nuestra ventaja es que de los tacones podemos o no bajarnos donde y cuando queramos; podemos sustituirlos y cambiarlos. Y ellos, el coche, lo tienen que dejar aparcado donde pueden o donde les dejen. Y a veces con multas.
Una curiosidad: En el siglo XVII explicaba Lope de Vega en El perro del hortelano cómo los tacones (chapines) y el vestido transforman a la mujer. Tristán, un lacayo, le dice a Teodoro:
con tan linda proporción
de cintura, en el balcón
de unos chapines subida.
Toda es vana arquitectura;
porque dijo un sabio un día
que a los sastres se debía
la mitad de la hermosura.
Como se ha de imaginar
una mujer semejante,
es como un disciplinante
que le llevan a curar.
Esto sí; que no adornada
del costoso faldellín.
Pensar defetos, en fin,
es medicina aprobada”.


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