No hay frase que repitamos más a lo largo de nuestra vida adulta. “Tengo que adelgazar” es como un mantra que repetimos sistemáticamente, intentando autoconvencernos de que en cualquier momento, lo antes posible, nos pondremos a ello. Y aunque lo pospongamos tanto que nunca lleguemos a hacerlo, nos recreamos con la idea de que lo vamos a hacer.
Para reforzar esa idea, subordinamos varias actividades de nuestro día a día, en general de poca importancia: “No me vuelvo a hacer una foto hasta que adelgace”, “no voy a comprarme ropa hasta que adelgace”, “voy a conservar esos pantalones que no me pasan de la rodilla, para poder volver a ponérmelos cuando adelgace, porque me sentaban fenomenal”… La realidad que vengo observando es que la gente que más repite esa frase es la que al final no hace nunca o casi nunca nada al respecto. Pero con la repetición de la famosa frase es como si encontraran la justificación que necesitan para seguir sin hacer nada.
Adelgazar pasa a convertirse en una cuestión de estado con la que tenemos que lidiar a diario, sobre todo a partir de una determinada edad, cuando nuestro sistema se ralentiza y empezamos a ser conscientes de que, aunque tengamos una constitución más o menos delgada, los kilos se nos aposentan irremediablemente en los lugares más típicos e irritantes. Y empezamos a observar que nuestro desnudo ya no es aquel del que presumíamos hace algunos años. Sabemos que esto forma parte de nuestros cambios internos y que mantenernos igual que cuando teníamos 10 o 15 años menos es imposible. Así que, si queremos mantenernos parecidas, tenemos que modificar con disciplina ciertos hábitos.
En esta etapa solemos disfrutar mucho más que antes de las comidas y cenas y, al revés de lo que nos pasaba cuando éramos niñas en que casi nada nos gustaba, ahora no solo nos gusta, sino que todo nos encanta. Y lo disfrutamos. Así que la tarea en cuestión se torna en algo harto difícil. Por un lado, tenemos una especie de pepito grillo que nos da el coñazo y nos dice contrólate y, por otro, la mayor parte de las veces no podemos reprimir lanzarnos a la vorágine de la comida, sobre todo cuando estamos cansadas o nos han dado un disgusto. Cuando éramos más jóvenes los disgustos nos quitaban el hambre, ahora no solo no nos la quitan, sino que nos provocan ganas de devorar. La comida, en el fondo, se constituye en una especie de sustituto y apaciguamiento de muchas otras cosas.
El modo cómo afrontamos esta situación es en esencia el mismo con el que solemos enfrentarnos a nuestro día a día: con disciplina o con la más absoluta anarquía, dependiendo de nuestra personalidad y el momento vital en que nos encontremos.
Yo creo que pertenezco al tipo disciplinado. Por ello, cuando empecé a notar cambios en mi cuerpo, sin convertirme en una obsesa de la vida healthy -apuesto por ser mesurada y además yo no vivo de mi cuerpo, sino que intento hacerlo de mi mente-, me empecé a observar y a intentar reducir la ingesta de calorías o el tipo de calorías que ingería, tratando así de compensar los excesos, que los hago a menudo, con días de más control.
Tengo amigas que pertenecen al segundo prototipo, al de la anarquía. Este prototipo se pasa la vida repitiendo la famosa frase, pero sin hacer nunca nada, como si ese ejercicio oral de intenciones fuera a obrar un milagro. Pero tampoco se dejan llevar, ni se dicen, como tantos hombres: “No me compensa perder esos kilos, si me tengo que privar de comer tal o cual cosa o tengo que hacer regularmente deporte. Prefiero quedarme con mis michelines. Sigo estando estupenda y como vestida casi no se nota, pues eso, que no adelgazo, porque soy más feliz así y, salvo que mi vida corra peligro, yo tan contenta. Me niego a someterme a esa dictadura“.
Cuando estas amigas que he denominado anárquicas nos dicen a las disciplinadas “Qué suerte. Qué delgada estás. Cómo se nota que te cuidas…” es como si nos estuvieran echando en cara la suerte que tenemos de mantenernos así, porque a nosotras no nos cuesta tanto como a ellas. Como si el Espíritu Santo se hubiera posado sobre nuestra cabeza para, sin ningún esfuerzo por nuestra parte, regalarnos esa fuerza de voluntad de la que ellas carecen, sin reconocer que la fuerza de voluntad, como tantas otras cosas, se cultiva y desarrolla con gran esfuerzo. 
Recuerdo lo mucho que le gustaba comentar a mi marido cuando hablaba con amigos sobre el parto de mis hijos -yo lo recuerdo como si me rajaran en canal, porque nacieron sin epidural y vi literalmente las estrellas- que les decía textualmente con toda la buena voluntad del mundo, obviando lo mal que yo lo había pasado “Tiene mucha suerte. Pare natural, como las indias…” Se quedaba tan contento y yo atónita, con ganas de pegarle dos tiros en ese momento.
Del mismo modo que esa era su forma romántica y cariñosa de decir que yo dilataba bien (lo que no implicaba que no me hubiera dolido una barbaridad), esas queridas amigas anárquicas pretenden justificar su nula fuerza de voluntad con la suerte que tenemos nosotras por tenerla. Si es que el que no se consuela es porque no quiere.

Deja un comentario