Esta mañana, me crucé con una vecina y amiga. Siempre nos reímos porque nos solemos encontrar en el supermercado, refunfuñando, cuando hacemos la compra de la semana, actividad que realizamos por amor y responsabilidad, pero que nos horroriza. Siempre comentamos que si fuera por nosotras con una ensaladita o con una lata de atún con tomate o un gazpacho, habríamos comido, sin tener que llevar esos carros llenos de cosas, que a duras penas podemos manejar.
Estábamos hablando de un conocido supermercado del que ella venía y al que yo iba. Venía desesperada por la cola que había en las cajas y, como consecuencia de un comentario mío diciéndole que veces me iba a otro de la misma cadena, pero un poco más alejado, ella me respondió que evitaba ir porque le horrorizaba atravesar esa calle que le parecía desangelada y sucia.
Esto nos llevó a una disquisición sobre las calles que nos gusta o disgusta atravesar y recorrer, y los motivos de ello. En una cosa coincidimos. Las calles están hechas, evidentemente, de aceras, edificios, arboles, tiendas, negocios, pero, sobre todo, de la gente que las recorre. Concluimos, en algo evidente, pero que a veces se nos olvida y es que las personas formamos una parte insustituible del paisaje y que, como tal, debiéramos dar la importancia que se merece a nuestra vestimenta.
Respetando la individualidad de cada uno y las diferentes formas de entender la ropa, lo que si nos parece que se debe tener en cuenta, e incluso inculcárselo a nuestros hijos desde pequeños es, que aunque la vestimenta no hace al monje, esta sí que dice mucho de nosotros, y debería ser adecuada al entorno en el que nos encontramos. Una calle con gente que ha dedicado un poco de tiempo a su aspecto, sin excesos, pero que en cierta manera lo ha cuidado, tiene otro sabor. El paso por ella resulta más agradable.
Centrándonos en ejemplos concretos, no es lo mismo llevar chanclas de goma en la playa que en la ciudad, ni cierto tipo de pantalones cortos, en la playa, en el campo o en la ciudad. Esto parece una obviedad, pero a veces se nos olvida, porque en esto tiempos, nuestra comodidad, muchas veces, prima sobre otras cosas y pensamos -si con estas chanclas de goma vamos cómodos-, que es otra cosa que no entiendo porque me parecen incomodísimas, pues así a todos los sitios.
Seguro que hay gente que discrepa de esta opinión o que le parece cursi o elitista, pero el enseñar a las personas a vestirse adecuadas con el entorno, como a mantener este limpio, es importante. No es encorsetamiento ni cursilada, es incluso respeto hacia los demás, hacer que los demás vean las cosas de un color más bonito, con todo de una forma más armónica y estética. Ítem más, un entorno en el que todo marcha de forma armónica supone claramente una revalorización de la zona en la que vivimos.
Saco mucho a colación a las personas que tienen entre setenta y tantos u ochenta y tantos años, pero tenemos que reconocer que la mayoría, independientemente de su estatus social o si fueron trabajadores o trabajadoras o directivos o amas de casa, podríamos decir que en un 90% de los casos salen siempre a la calle dignamente vestidos y aseados, porque eso les enseñaron cuando eran pequeños y forma parte de su forma de afrontar el día
Un poquito de por favor, como decía Fernando Tejero, en la serie Aquí no hay quien viva, que la estética sí que es importante. Que no da lo mismo so que arre, que no es de recibo salir en bata a pasear el perro, ni usar las típicas chanclas de playa todo el día por la ciudad. Que, aunque nos sintamos cómodos, no estamos en nuestra casa, nos está viendo mucha gente que pasa por la calle, estamos iluminando y adornando, o estropeando los paisajes urbanos y rurales, y estamos haciendo felices o infelices a los que nos ven porque, a quien no le alegra el día cruzarse con personas aseadas y arregladas. Seamos sinceros no todo vale ni en esto ni en nada.

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