Cada vez más, tendemos a banalizar el lenguaje. Muchas veces utilizamos palabras que a la gente le gusta escuchar, para ocultar una acción que no es tan bonita ni tan positiva, como la palabra que estamos utilizando para describirla.
Hace poco, cuando echaban en cara a una persona muy conocida que no comparecía nunca ante la prensa, una de sus llamaremos “colaboradoras”, como tantas y tantas mujeres que están al quite para sacar a tantos y tantos hombres de apuros, afirmó que “él no tenía por qué comparecer; que ya lo hacía ella y el resto de colaboradores, porque tenían la suerte de tener a un líder al que le encantaba trabajar en colaboración”.
No traigo esto a colación para entrar en temas políticos, sino simplemente porque me trajo a la mente, como me suele ocurrir habitualmente en muchos temas, algo que se suele hacer a menudo y cada vez más: esconder bajo un aparente y ficticio acto plausible por todos, una acción que no es ni tan bonita ni tan loable como parece. En este tipo de cosas, hay verdaderos artistas.
¿Quién no se ha dado cuenta de que, en muchas empresas, en cuanto alguien llega a una cierta posición privilegiada con varias personas a su cargo, deja de dedicarse a los actos más tediosos y menos brillantes, para poner todo su afán en aquellas acciones de mayor lucimiento personal y más gratificantes? Cosa lógica, si fuera acompañada de la toma de decisiones importantes y del ejercicio de un verdadero liderazgo de su equipo al que debería enseñar, corregir y servir de ejemplo.
Lamentablemente esto a menudo no es así. Al final, lo que llamamos los famosos marrones, el ir apagando fuegos sistemáticos, y el tener que dar la cara en las situaciones más incómodas o para explicar errores, lo hacen las personas a cargo y no en el presunto responsable, que se guarda para sí todo lo que le gusta y, sobre todo, lo que le hace darse a conocer, lucirse… y, en una palabra, lo que le resulta más gratificante.
Si las personas que componen el equipo son mujeres, miel sobre hojuelas. La mayoría de ellas -siempre existen excepciones- se pone en cuerpo y alma manos a la obra, arremangándose y tirándose al lodo si hace falta, para solucionar, paliar u ocultar el problema que su máximo responsable ha generado, perdiendo en ello no solo energía y tiempo, sino también imagen, crédito y el caerle gorda a un montón de gente, losa casi imposible de levantar en el futuro.
Todo ello, hace que muchas personas pongan a esas aguerridas mujeres en la lista negra, no digo que se la única causa pero sí que influye mucho, de tal manera que cuando presuntamente debería haber llegado su momento de dar el salto y promocionar nadie, incluido aquel al que le han solucionado los marrones, las va a apoyar, aludiendo a otro nuevo principio del tipo: “queremos que el proceso sea neutro y objetivo, y yo me mantengo al margen“. Como ya os habréis dado cuenta, este “supuesto proceso” para nada se siguió, cuando fue promovido o designado, sino el de imposición directa cuasi divina.
Estas personas, estos jefes, intentan vender la moto de que son personas de principios, argumentando que para nada quieren influir en un proceso. Que quieren que sea todo lo limpio, objetivo y claro posible (“todo” entre comillas), para que puedan seguir pareciendo santos, cuando en realidad han utilizado a esas personas. Y ahora, cuando podrían apoyarlas para que se les reconocieran sus méritos y el enorme trabajo realizado, no lo hacen. Y no se atreven a hacerlo a la cara, sino que amparándose en otra palabra maravillosa que es JUSTICIA, no apoyan a los que se dejaron la piel para ayudarles. ¿Os suena?
No sé si esto tiene solución, porque es propio de las mujeres intentar dar lo mejor de nosotras en todo, pidiendo poco o nada a cambio, por altruismo, compromiso personal, y porque España y nosotras somos así. Como quien no quiere la cosa, deberíamos empezar a dar una de cal y otra de arena -eso sí, sin perder un ápice de nuestro buen hacer, profesionalidad y esfuerzo, que eso es fabuloso y nos identifica-, para que cuando se dé la circunstancia, estemos más despiertas y avisadas. Que tanta palabra bonita y tanto fru-fru no nos deja ver el monte.

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