Como yo, estos días estaréis recibiendo multitud de correos de un sinfín de proveedores de servicios virtuales que os avisan de que van a cambiar sus “términos y condiciones”. ¿No os parece raro que todos estén haciendo esto a la vez?
Después de un poco de investigación en Internet, me he enterado que el próximo 25 de mayo entra en vigor la nueva Ley de protección de datos. Según esta ley, los proveedores de servicios de Internet deben comunicarnos de forma clara y sencilla el uso que hacen de nuestros datos personales y además deben asegurarse de que cada uno de nosotros damos nuestro consentimiento explícito para tal uso. Adicionalmente, las sanciones por incumplimiento de estas condiciones son mucho más severas que las actuales. Podéis leer más sobre las implicaciones de esta ley aquí.
Cuando me enteré, pensé: ¡¡Bien!! ¡Me alegro de que por fin las leyes se aseguren de que nuestra información esté bien protegida!
Espera un momento. Pero… ¿es que antes no estaba protegida?… Y a todo esto, ¿qué información hay sobre mí en Internet?
Si lo piensas bien, hay un montón de datos que, deliberada o descuidadamente, hemos ido dejando en Internet a lo largo de todos estos años.
Veamos, ¿qué cosas hay de mí en Internet? Se me ocurren a bote pronto 3 tipos de datos:
- Información personal que uso para darme de alta en un servicio de Internet (nombre, dirección, correo electrónico, número de teléfono, tarjeta de crédito…) Está claro que esta es la información que los proveedores deberían guardar con sumo cuidado.
- Información del uso que hacemos de sus servicios. La mayoría de los servicios que usamos guarda registros (en lenguaje técnico se llaman logs) de nuestras andanzas por Internet. Por ejemplo, Google guarda el historial de las búsquedas que hemos hecho y las páginas que hemos visitado. Parte de esta información también está protegida por la ley de protección de datos, al menos aquella que permita inferir alguna inclinación de tipo sexual, religiosa, política, etc. y asociarla a una persona identificable (alguien que trabaje en Google podría saber que hay una persona que ha entrado en una página de pornografía, pero no debería ser capaz de saber que esa persona es “fulanito de tal y tal”, ya que eso iría en contra de su derecho a la intimidad).
- La información que subimos explícitamente a Internet: Fotos, vídeos, documentos, comentarios, “likes” que subimos a las redes sociales o que se almacenan sin más en la red, casi sin que seamos conscientes de ello. Esta información no está protegida en absoluto y la subimos a Internet bajo nuestra propia responsabilidad. Si en los términos del contrato que tenemos con nuestro proveedor (cuando aceptamos los términos y condiciones), le damos permiso para usar dicha información (como ocurre, por ejemplo, con lo que subimos a Facebook), no podremos quejarnos si, después de un tiempo, vemos nuestra foto en la página web de un tercero.
Es importante ser conscientes de que toda esta cantidad ingente de información es persistente. Una vez que se sube a Internet, es muy, muy difícil borrarla. Os voy a poner sólo un ejemplo de cosas que me han pasado con cada una de estas categorías.
- Persistencia de datos personales. El mes pasado me decidí a abrirme una tarjeta de crédito que me prometía importantes ahorros en combustible sin tener que cambiar de banco. ¿Sabéis de qué os hablo, verdad? Mi sorpresa fue, que cuando me llegó toda la información de la tarjeta, parte de la información sobre mi dirección legal no era la que yo había rellenado en el formulario de alta, sino la información de mi residencia de hace 10 años, que usé en una tarjeta similar. Imaginaros que habría pasado si no me doy cuenta y toda la correspondencia de la tarjeta llega a una dirección en la que ya no estoy. Y esto incluye tanto la tarjeta ¡¡como el pin de activación!! En este caso, al darme de baja en la tarjeta hace 10 años no pedí que diesen de baja mis datos, tal y como contempla la ley de protección de datos.
- La búsqueda que te persigue. Seguro que esto os suena. La semana pasada busqué en Google comparativas entre teléfonos móviles de dos marcas conocidas. Desde entonces, cuando hago búsquedas de móviles, me aparecen en primer lugar las de las dos marcas que busqué. Además, en muchas de las páginas webs que visito veo publicidad sobre móviles. Y no sólo eso, también me han llegado ofertas de varias tiendas que venden móviles. Claramente ¡el superbuscador tampoco olvida nada de lo que hago!
- Todo está ahí. Soy muy generosa. En Navidad le regalé una estupenda Tablet Samsung a mi hermano. Le encantó. En un momento ya la tenía encendida y había puesto su dirección de Gmail para configurarla. A los 3 minutos puso cara de espanto. ¡¡Estaba viendo un vídeo con fotos que ya ni recordaba que había hecho!! Según pudimos deducir, el móvil con el que hizo las fotos (registrado con el mismo usuario que la Tablet) estaba subiendo sus fotos a Internet. Al configurar un nuevo dispositivo, el sistema buscó las fotos existentes en su cuenta y le recordó que estaban ahí (este es el mecanismo). Yo me pregunto cuántas fotos hay en el hiperespacio sin nuestro conocimiento. Por ir aún más lejos; ayer me llegó un mensaje de que alguien había “subido” una foto en la que yo estaba etiquetada. ¿Aparecerá esa foto que yo no he hecho en el próximo vídeo que me regale Google? Estoy impaciente por saberlo.
Después de meditar sobre esto, me doy cuenta de que el uso que hago de Internet no es tan anónimo como yo pensaba. Vamos dejando huellas digitales por donde pasamos. A algunos proveedores, les sale muy rentable juntar toda nuestra información (lo que llaman “cruzar bases de datos”) para crearse un perfil de cada uno de nosotros. Pueden saber quiénes somos, dónde estamos, qué hacemos, qué vemos, cuándo lo hacemos, con quién lo hacemos. Y lo peor es que al hacer clic en los términos y condiciones de uso de esas aplicaciones gratuitas, les estamos dando nuestro consentimiento para usar esa información (¿de dónde pensabas que sacaban sus beneficios?).
Estoy planteándome si más que huella digital, lo que está creándose en Internet es “mi yo digital” (alguien podría llamarlo mi Avatar) y que éste toma forma a partir de retales que yo misma voy dejando por ahí… ¿No os suena terriblemente a la historia del retrato de Dorian Gray?
Volviendo al punto inicial. Definitivamente: SÍ. Creo que es importante tener una ley que proteja nuestros datos personales. La ley nos ayudará a saber dónde están los más críticos y que nadie los manipule sin nuestro consentimiento, pero sólo nosotros podemos asegurar que nuestro Yo Digital esté limpio y aseado.
Os propongo un juego: Busca tu nombre en tu buscador favorito (recuerda ponerlo entre comillas para tener una búsqueda más acotada). Mientras tanto, yo voy a mirar la sección de Cuerpo y bienestar por si hay algún tipo de maquillaje para estos casos.

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