Quienes nos seguís,  después de leer tantas entradas ya nos conocéis y más o menos  identificáis qué escribe cada una de las autoras. Ahora, cuando leía la entrada “Diario de una cuarentena” de mi amiga, cuyo nombre no desvelo, no he podido resistirme a escribir esta especie de réplica a su diario, porque mi forma de afrontar este confinamiento es un poco diferente, como distinta es la personalidad de cada una de nosotras.

Desde el principio, me he seguido levantando a la misma hora que me levantaba, Yo soy early bird, así que sobre las 6:40, durante la semana, estoy en pie de guerra, puesto que yo ya teletrabajaba. Desayuno la primera y a continuación se va levantando el resto. También pronto, porque tienen que trabajar o hacer cosas. Cada uno va desayunando de forma individual, con el mismo orden todos los días. Como antes de… Cada uno poniendo o no poniendo la cadena de televisión de su gusto.

Cuando empezó la cuarentena, le dije a la chica que me ayuda en casa, que no viniera, y al principio, solo vino un día que la llamé. Esto, la verdad, me tenía bastante desquiciada, porque el trabajo, todos en casa, el perro y, además, al menos una vez o dos a la semana, teniendo que llevar a mis padres la compra a casa, pues no daba abasto.

Desde que finalizaron las medidas más duras de confinamiento decidí, que por mi equilibrio mental y además porque iba a seguir pagándole todo, que viniera un par de días a la semana. Es una persona de confianza, tiene cuidado y tanto miedo o tan poco miedo le tenemos nosotros a que ella nos traiga el virus, como ella a que se lo peguemos nosotros. Así que empatados.

Desde el principio, no he dejado de salir ni un solo día, a primera hora de la mañana porque tengo perro. En mi casa nadie se pelea por sacarlo, lo sacamos o mi marido o yo, yo le cedería a cualquiera de mis hijos el testigo, pero no hay forma. La verdad, aunque sí que a veces me pasa por la cabeza que saliendo todos los días me lo pueden pegar, mantengo un cierto optimismo a este respecto. Tengo cuidado y sobre todo me lavo sistemáticamente las manos. Muchas veces. Voy con un líquido en el bolsillo que, en el corto recorrido con el perro que hago, me aplico dos o tres veces.

Solo conseguí una mascarilla de las simples, de las creo se llaman quirúrgicas. Ya está echa un asco. Como conseguí guantes, pero tampoco tengo muchos, pues la verdad es que solo cuando voy al supermercado o a llevar la compra a mis padres me pongo la mascarilla y los guantes. Hoy he conseguido otra en la farmacia. Me habían apuntado cuando las tuvieran, así que ahora compatibilizaré la vieja con esta y las usaré más a menudo.

Todos los viernes tengo que hacer una compra enorme, que siempre he hecho y sigo haciendo, en un supermercado muy cerca de mi casa. Compra a la que ahora añado la de mis padres. Total, que a primera hora de los viernes me encamino a hacerla.  Salgo de allí sudando la gota gorda. Como, contra mi voluntad, me tengo que tirar bastante tiempo para coger todo lo de una semana, pues ya me ha pasado dos veces que notaba que todo el mundo me miraba mucho. Cuando regresé a casa me di cuenta que, de la mascarilla, la humedad, el calor, los guantes, se me había corrido todo el rímel. Parecía que venía de una noche loca, loquísima. Hay que mantener el glamour hasta el final. Como comentaba el otro día con una amiga que hace lo mismo, todos los días me pinto los ojos e intento llevar un pelo decente, aunque ya con raíz y viéndose ciertas canas. No me voy a hacer ningún desaguisado en casa. Voy a esperar al momento en el que abran las peluquerías.

De hecho, pienso, ¡qué mala suerte!, ahora que se llevan las raíces un poco más oscuras y me quedaría tan mono, pues las raíces con canas, nada de balayage. Cést la vi.

Cuando me traen la compra de los viernes, quito todos los plásticos y coloco armoniosamente las cosas, pero la verdad es que no uso lejía para desinfectar cada envase. Me lavo concienzudamente las manos, cada vez que toco cualquier cosa de la compra, hasta que lo coloco todo.

Mi paseo con el perro es breve y cerca de casa. Los policías que suelen pasar en el coche patrulla ya nos conocen a los que paseamos el perro. Suelo entrar en una pastelería-panadería donde antes solo solía comprar el pan el fin de semana y compro el pan, normalmente, una docena de huevos y lo que se tercie. Que en mi casa vamos casi a docena cada dos días. Hay que mantener el comercio local. Coincido a veces con algunos policías y gente que trabaja de los servicios esenciales que entran a pedir un café y un bollo. Eso me hace transportarme a un pasado más cercano de lo que nos parece.

Los días que voy a casa de mis padres a llevarles la compra también voy con mi mascarilla, que ya casi es un incunable, llena de barra de labios porque nunca me acuerdo que me la voy a poner y se mancha. Menos mal que utilizo tonos nude y, en la parte de dentro de la misma, esos tonos pasan relativamente desapercibidos.

Cuando llego deprisa y corriendo a casa de mis padres, aparte de la compra habitual y de cosas de la farmacia, les compro varios dulces. Hasta ahora les llevaba un par de torrijas, un bizcocho y pan para varios días. Nosotros no podemos vivir sin pan y, para ellos, tomar algo dulce es ahora el pequeño mundo del señor Feliciano, Llego con la mascarilla, las bolsas, la verdad, muy cargada. Desde la entrada les chillo que se pongan sus mascarillas y me quito antes de entrar las zapatillas. Entro deprisa y corriendo dejo todo en la cocina que es la primera habitación a la izquierda. Les digo que no se coman todo el dulce de golpe y que limpien, ellos sí, todos los envases y el suelo por donde he pasado con lejía.

Para mantenerme en forma últimamente, consciente de que soy una de las afortunadas que tienen una terraza me doy varias vueltas al día. A mí me pasa como mis padres, lo que realmente me apetece en este confinamiento, es dulce, pero como no quiero salir del mismo con los cuatro o cinco kilos que nos vaticinan lo intento compensar dando vueltas como una peonza.

Antes solía subirme a mi bicicleta estática. La desempolvé del trastero y la subí a mi dormitorio, pero lo de la bicicleta siempre me ha caído gordísimo así que he decidido la semana pasada no usarla. Me hago el tour o fuera o dentro de casa y me quedo tan contenta.

La televisión y las noticias las veo cada día menos. Me producen una mezcla entre angustia, desazón, desasosiego, cabreo, profunda tristeza y un cierto miedo. El miedo sé que paraliza, por eso intento sobreponerme a él.

Por la noche, uno de mis hijos y yo no peleamos por entrar en la cocina. Odio cocinar, pero como tengo que hacerlo para todos, excepto para él, que le gusta hacerse su comida, pues cuanto antes pase el mal trago mejor.

Finalmente, de viernes a domingo, a eso de las 6 de la tarde, hacemos nuestras sesiones de juego: el Risk, juego que a mí nunca me ha gustado pero al que le estoy cogiendo el punto, y con el que los demás disfrutan un montón, el Monopoly, el parchís… Lo que se tercie. Todo ello amenizado con unas copas de vino que, en mi caso, como casi no bebo, aunque también  le estoy tomando gusto, con dos ya estoy medio cogorza. Así que a eso de las 10 empiezo a bostezar. Esos bostezos a los demás les sacan de quicio.

Cuando acaba el juego o acabamos la partida, porque ya estamos con los nervios de punta,  un poco mareada me voy hacia mi habitación con la tranquilidad de saber que, mi hija, aunque sea fin de semana, está en casa y, aunque es noctámbula como su padre y en esas sesiones de WhatsApp con sus amigas y amigos se tira horas, sé que de casa no va a salir. Eso, aunque no suene bien, es casi lo único que me da cierta tranquilidad en estos tiempos de pandemia.

A algo nos tenemos que agarrar.