Estos últimos años vivo con cierta nostalgia el fin del verano. Suelo mirar hacia atrás y me viene a la cabeza la época del colegio o de la universidad, cuando nos pasábamos el año soñando con la llegada del largo y normalmente cálido verano, que luego se nos hacía tan corto, aunque tuviéramos tres meses de vacaciones.

Solo con acordarme, el corazón me da un vuelco. Y esa sensación a veces la recupero, mirando a mis hijos, con la emoción y la alegría que brilla en sus ojos cuando acaba el curso y empiezan las vacaciones.

El verano de nuestros hijos poco tiene ya que ver con nuestro verano, donde nos pasábamos casi los tres meses o al menos dos en el pueblo o en la playa con nuestra madre o nuestros abuelos, reencontrándonos con la pandilla del verano, al aire libre, sin teléfonos móviles ni ordenadores, bañándonos en la playa o a la piscina, jugando al rescate en la plaza del pueblo, o bailando en la discoteca, esperando que pusieran la música lenta para que ver si nos sacaba a bailar aquel chico que nos gustaba y que normalmente tras el verano quedaba en el olvido.

Siempre pienso que siendo su verano tan diferente del nuestro, la emoción de todo lo que te puede deparar, es la misma. Es consustancial con tu niñez, adolescencia o juventud.

Con el paso del tiempo, cuando empezamos a trabajar, la llegada de las vacaciones de verano es algo que anhelas, pero creo que de otro modo. Estás agotado, aburrido o estresado y necesitas un respiro, un cambio, hacer lo que te gusta o no hacer nada. Supone un cambio de la rutina, un descanso. No tener que ver todos los días las mismas caras o pelear siempre por lo mismo. Necesitas, como se suele decir, recargar las pilas. Estás deseando que llegue, lo disfrutas mucho, pero creo sinceramente que ya no te embarga esa sensación indescriptible que sentías antes.

Cuando llegas a la vejez, ya no puedes irte de vacaciones como antaño. La mayor parte de las veces la salud, los achaques, la debilidad física y ciertos miedos  no lo permiten. A menudo tienes que estar dependiendo de alguien, en el mejor de los casos de tus hijos o si no de cuidadoras. Esperas paciente o impacientemente a ver cómo se organiza todo y puedes pasar unos días fuera, con su ayuda. El verano lo afrontas con un cierto miedo. Te asusta que te pueda pasar algo fuera de tu ciudad y de tu casa y que te tengan que ingresar en un hospital, lejos, por lo que supone para ti y para los tuyos. El verano se convierte en algo que miras con cierta tristeza y añoranza. Ayer eras un niño y ahora ya no puedes ir solo a ningún sitio. Te fallan las fuerzas y no puedes evitar pensar si este será el último verano en que podrás volver a tu casa de la playa o del pueblo o a aquel hotel que tanto te gustaba.

En todas las etapas de nuestra vida, año tras año llega el comienzo y el final del verano.  Ese comienzo y ese final va siendo diferente dependiendo de la edad y de la época de nuestra vida en la que nos encontremos.

Sin embargo, hay excepciones. Algunas personas afrontan cada verano con el mismo anhelo, ilusión y la misma emoción que si tuvieran 15 años. Para ellos el verano y las vacaciones siguen siendo algo inenarrable, mágico. Hasta hace poco pensaba que tenían un cierto complejo de Peter Pan, pero me he dado cuenta de que esas personas están tocadas por una varita mágica.

Si el verano, como he leído en algún sitio, supone la inspiración de la luz, esas personas que son capaces de ver el verano con la misma emoción que  cuando eran niños hacen que su existencia y la de la gente que les rodea sea más luminosa y positiva, incluso cuando ya no saben  si va a ser su último verano. Y eso, eso sí que no tiene precio.