Hay personas que, aunque no las veas a menudo e incluso aunque las veas solo una vez al año o menos, cuando te reencuentras es como si no hubiera pasado el tiempo. Sientes la misma conexión y cercanía. A veces mucha más que con esos otros amigos a los que ves asiduamente. No te lo explicas, pero lo sientes con fuerza en tu interior.

 

Eso me pasa con un grupo de padres de la clase de uno de mis hijos, con los que hemos compartido muchas cosas. Ya sabéis: muchos partidos de baloncesto y fútbol, muchos madrugones, muchos actos académicos, muchas reuniones escolares y, sobre todo, muchas conversaciones y confidencias a lo largo de la evolución de nuestros hijos, desde que eran pequeños hasta ahora, ya mayores de edad.

 

Aunque la mayor parte de este grupo tenemos más hijos en el mismo colegio y también nos hemos relacionado con sus padres en un entorno casi idéntico, la conexión y empatía que siempre hemos tenido en este grupo no se ha repetido con la misma intensidad y confianza con los otros padres.  A veces y solo a veces,  desde el minuto uno se produce esta conexión espontánea.  Cada uno con sus ideas y su forma de entender la vida nos comunicamos, nos apreciamos y sabemos que tenemos mucho en común.

 

Después de no habernos visto desde hace más de un año, hace un par de semanas nos reunimos de nuevo, esta vez alrededor de un cocido gallego, que empezó a la 1 del mediodía y acabó casi a las 12 de la noche. Nos lo pasamos tan bien, como cuando nuestros hijos eran pequeños y nos veíamos casi todas las semanas.

 

De la imparable conversación surgió, entre otros, un tema sobre el que reflexionamos brevemente. La mayor parte de nosotras (aunque nadie ni nunca lo haya decidido, las chicas espontáneamente solemos sentarnos juntas)  consideramos que en nuestra juventud fuimos casi más libres de lo que somos ahora, porque nadie, desde ningún ámbito ni instancia, repetía a diario lo que teníamos que hacer, ni cómo hacerlo. Nosotras ya sabíamos lo que teníamos que hacer, consecuencia de la educación que nos dieron.

En aquella época de libertad social casi recién estrenada, que fue la que nos tocó vivir, siempre supimos que en nuestras casas había unas reglas que había que respetar y seguir. Siempre supimos que, aunque no estuviéramos de acuerdo o no nos gustara lo que nos recriminaban los profesores, nos teníamos que callar o bien comentarlo con total educación. Siempre supimos que a la gente mayor se la trataba con respeto y deferencia. Siempre supimos que nuestra libertad acababa donde empezaba la de los demás… Y con prácticamente cuatro reglas, civismo y educación hemos sabido convivir, hemos identificado dónde estaban los límites necesarios, hemos tomado decisiones y hemos vivido de forma plena.

 

Ahora, cuando todo el mundo se llena la boca con la palabra libertad y nos justifican a diario cómo y cuánto velan por ella, en muchas cosas cotidianas nos sentimos menos libres que antes. Estamos más “regulados” que en aquella  época. Sin que nos demos casi cuenta, estamos super controlados y, en aras de lo que se proclama, muchas veces nos limitan  cosas que nunca necesitamos que nos limitaran ni prohibieran, porque éramos nosotros los que decidíamos.

 

Considero más propio de una sociedad adulta dar a las personas los mimbres que necesitan, que no es más que una buena educación y valores sólidos, para que ellos se construyan su libertad. No intentemos, como diría mi abuela, meter el Cristo a cristazos.