Ayer recibí un WhatsApp muy gracioso, donde salían los candidatos de todos los partidos políticos, con un fondo del color que les representa, cantando cada uno cosas alusivas a lo que vienen diciendo o callando estos días. La verdad, lo primero que me cantó es que todos fueran hombres. No puedo evitarlo. Todas esas fotos donde son todos o casi todos hombres me llaman muchísimo la atención. Pero esto no ahora, desde hace años. Todos esos hombres, que se jactan a diario de que han hecho más por las mujeres que cualquier otro y repiten que nos van a poner en el lugar y a dar las responsabilidades que por derecho nos corresponde. Eso es estupendo, sobre todo, cuando estas declaraciones les benefician a ellos.
Queda un poco maleducado, pero diría jajaja, al final, por lo menos para mí, se repite la historia y lo que suele ocurrir en todo, incluidas empresas e instituciones y es que el último que manda y que es realmente el que dirige los destinos y toma las decisiones, al final, el que parte el bacalao, un hombre, como siempre. Eso sí rodeados muchos de ellos de muchas mujeres que, como decía la RAE les acaban fijando (en sus posiciones) y les dan brillo y esplendor. Pero ellos los primeros. Aunque, en mi opinión, me atrevo a decir, que, en sus partidos hay mujeres que se merecerían estar en su puesto más que ellos, pero…, se la vi.
En segundo lugar, y sin querer entrar en esta polémica que daría para varias entradas, voy a hablar de una cosa que me contaba una amiga, hace poco, y era que, cuando era pequeña, en una familia de diez hermanos, el padre les daba a cada uno su sobre con el voto ya decidido y les añadía: “mientras viváis en esta familia y yo lleve la carga de la misma , el voto de todos es el mismo, porque esa es la opción que nos beneficia a todos” y según me explicaba, todos sin rechistar, iban a votar juntos, introduciendo en la urna la papeleta que les había dado su padre. El padre pensando, mis hijos son dignos sucesores, piensan como yo y los hijos, excepto el espíritu rebelde, que suele haber en casi todas las familias, pensando que esa era la opción acertada porque la han mantenido incluso cuando se han independizado.
Me dejó atónita porque en mi familia, y mira que mi padre es autoritario, nunca se le ocurrió semejante cosa. De hecho, a mi madre y a mi padre siempre se les han llevado los demonios el que los hijos votáramos a una opción diferente a la suya, porque ellos discrepaban de esa opción total y absolutamente.
Pero el otro día escuchando un programa en la radio, a raíz del famoso tema del voto útil, uno de los contertulios habló de este, que llamaba voto familiar que, según él, tenía su justificación en familias muy unidas donde se consideraba que lo que votaban los padres, más bien el padre, era lo que beneficiaba a la familia y por eso todos al final votaban lo mismo.
Hoy en día por lo que oigo a mis hijos de lo que hablan de sus amigos, y por lo que veo en la televisión, aunque nos creamos que sí, tampoco estamos tan lejos de este concepto. De hecho, el que un abuelo o tal pariente muriera en el bando de unos o de otros hace que el nieto vote lo mismo. El que el padre esté hablando todo el día de política en casa, poniendo a caer de un burro a los otros, hace que los hijos prácticamente piensen lo mismo. E incluso, el que tu grupo de amigos tenga unas determinadas ideas, hace que, o bien te mimetices y hagas lo mismo, o bien, aunque pienses lo contrario, no lo expreses por miedo a que todos se te echen encima, como suele ocurrir. En fin, que cuanto más demócratas y abiertos nos vemos, más sesgados estamos.
Como el tema del sesgo afecta a casi todo, me puse un poco a revisar este tema y entonces leí que el que pensemos que el resto de personas opinan de la misma forma que nosotros o que nos declaremos del equipo de futbol de nuestra familia o hagamos lo que siempre estos han hecho, pensando que eso es lo que nos gusta, aunque en el fondo no sea así, se llama el sesgo del falso consenso.
Se trata de un fenómeno psicológico (desarrollado por Gustave Le Bon, Freud o Jean Piaget) por el cual tendemos a pensar que el resto de personas que nos rodean perciben, procesan y opinan lo mismo que nosotros respecto a un determinado tema, incluso pese a que no tengamos ninguna prueba de ello.
Y entonces yo pensé pero ¡Madre mía! Si hasta para esto en casa somos diferentes de los demás. Si cada uno votamos a partidos diferentes. Parecemos la ONU. Nada, sin problema, que para eso no solo España sino mi casa en un país de cinco reyes.
Y, no solo por esto, sino porque cada uno somos diferentes, pienso ¡que sesgo ni que sesgo! A ver si al final casi todo va a estar sesgado, menos en mi casa, donde cada uno reina por derecho propio, aunque solo sea en su habitación, eso sí con la cama siempre hecha y las cosas en orden que, aunque cada uno tenga una cierta autonomía, yo soy la reina de la casa y la reina exige que las cosas estén en orden y las camas hechas, aunque para ello tenga que hacerlas yo, como ya expliqué en otra entrada.
O, me acabo de plantear, “a lo mejor pienso esto porque yo soy la que estoy imbuida del sesgo del falso consenso” ¿o es el de la falsa discrepancia? ¡Dios Mío que lío con tanta teoría! Si es que ahora todo son teorías o estudios. Qué razón tenía aquel alto directivo que un día me dijo “La verdad verdadera es que yo hoy defiendo esta tesis y doy mis argumentos y mañana la opuesta con mis argumentos también y sin despeinarme. Y no pasa nada”

Deja un comentario