Esta mañana un locutor de radio que cada vez me gusta más, porque me parece un hombre inteligente que llama al pan pan y al vino vino, aunque, eso sí, siempre con un cierto toque de humor, hablando del contexto político actual hacía una crítica de esos hombres a los que continuamente se les llena la boca con frases del tipo “ya es hora de que sea presidenta, directora, consejera … una mujer”. Y reflexionaba sobre el hecho de que son esos  los mismos hombres que han estado toda su vida luchando para no soltar el poder y pensando en cómo perpetuarse en esos puestos que ahora demandan debe ocupar alguna mujer.

 

Mucho cuidado con ellos. Ya sabemos que son los que intentan que nos coloquen cuando a ellos les interesa, que es normalmente cuando ellos ya no tienen prácticamente ninguna posibilidad de estar. Pretenden ahora seguir perpetuándose  en el poder  poniendo a una mujer con la que probablemente intentarán -aunque afortunadamente eso no quiere decir que lo consigan- seguir manejando el poder y todo el cotarro desde un segundo plano e incluso, si se descuida la citada señora, desde un primer plano,  que es donde de verdad quieren estar.

 

Estos hombres son falsos potenciadores y reivindicadores del papel mucho más representativo que merece  la mujer en todos los ámbitos,  pero mediante esta fórmula han encontrado una especia de vía, para seguir allí donde ya no deberían estar e incluso, si nos atenemos a sus obras o a su legado, donde nunca debieron estar.

 

Hechos son amores y no buenas razones. Pongámonos  en un segundo, tercer, cuarto e incluso último lugar, para permitir acceder a la mujer a esos puestos -cuando está preparada y lo merece- apoyándolas de una manera desinteresada y generosa, sin hacer ruido, que es como miles de mujeres actúan a diario con los hombres. Eso les permitirá brillar como merecen. Y, sobre todo, dejemos que ejerzan su papel o su función de la forma que estimen conveniente, que no será necesariamente como quieren o esperan esos hombres, sino como ellas consideren más adecuada.

 

¿No afirmamos con convicción que hay que respetar la diferencia, la multiculturalidad, las diferentes visiones y formas de hacer las cosas, y las distintas maneras de pensar? Pues permitamos con generosidad y apertura de mente que esas mujeres lleven a cabo sus cometidos como ellas crean que es mejor, con su talento, su estilo  de hacer y su plus de feminidad. Porque en el caso y solo hipotético caso de que cometieran errores, estarían haciendo lo mismo que llevan haciendo los hombres desde hace siglos: equivocarse. Ni más ni menos.