Me sigo sorprendiendo al confirmar cómo la naturalidad con la que actuamos la mayor parte de las mujeres en la oficin
a, en el mundo laboral y en nuestra vida personal es casi siempre nuestra mayor vulnerabilidad y a la vez una de nuestras mayores virtudes y fortalezas. En general no intentamos ser y aparentar lo que no somos, ni autoempoderarnos de lo que nadie nos ha empoderado, facultado, ni asignado. No nos sentamos haciéndonos calculadamente las locas en el sillón desde el que se preside una reunión que no nos toca presidir.
Tras observar a diario a los hombres y mujeres con los que me cruzo, tengo la plena convicción de que en cómo somos tenemos nuestra fuerza y está nuestro valor. En ser espontáneas, habladoras, inteligentes, trabajadoras, colaborativas, emocionales, cercanas, resolutivas, multi tasky, obsesivas, perfeccionistas, puntillosas, rabiosas, ciclotímicas, tozudas, graciosas, imaginativas, complejas, impredecibles, coloristas, arrolladoras, tiernas, dulces… Ni mejores, ni peores; cada una distinta, tal como es, tal como quiere ser.
Que dejen de vendernos la moto, para que actuemos y nos comportemos de una determinada forma que no es la nuestra; que seamos como no somos, como querrían que fuéramos; que eso es lo que les interesa a los demás y –creedme- nada de nada a nosotras.

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